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¿Qué significa no poder dejar de morderte las uñas, según la psicología?

Cuando provoca daño, hay que recurrir a estrategias para corregirlo. Freepik
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Puede parecer un hábito inocente: estamos concentrados, nerviosos o incluso aburridos y, sin darnos cuenta, nos llevamos la mano a la boca y comenzamos a mordernos las uñas. Un pequeño mordisquito aquí, otro allá. Cuando la mirada baja, y se presta atención a los dedos, las uñas ya están mordidas, ásperas y puede que incluso sangren un poquito. Esto pasa una y otra vez.

Aunque muchos lo ven como una costumbre inofensiva, la ciencia y la psicología consideran que morderse las uñas, es decir, la onicofagia, puede ser algo más que un simple tic. Se trata de un comportamiento repetitivo arraigado en el cerebro, vinculado a emociones, estrés y a veces a trastornos más profundos.

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¿Qué es la onicofagia?

La onicofagia es el término clínico para referirse al acto de morderse las uñas. Aunque la mayoría lo experimenta en algún momento de la vida, sobre todo durante la infancia o la adolescencia, su persistencia hasta la edad adulta no es algo trivial ni puramente estético.

Según expertos en psicología y psiquiatría, morderse las uñas forma parte de un grupo más amplio de comportamientos repetitivos centrados en el cuerpo como pueden ser tirarse del pelo (tricotilomanía) o pellizcarse la piel (dermatillomanía). A estos movimientos se les denomina BFRB (Body Focused Repetitive Behaviors) y comparten una serie de características:

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  • Suelen ser comportamientos repetitivos e involuntarios que aportan alivio temporal pero no solución emocional.
  • Suelen activarse por estrés, ansiedad, aburrimiento o tensión interna.
  • Suelen generar culpa, frustración o vergüenza en quien los padece, lo que refuerza el ciclo del comportamiento.

Psicológicamente, morderse las uñas no es solo una acción motora sin más: es un mecanismo de regulación emocional, una manera inconsciente de lidiar con sensaciones internas difíciles de expresar.

¿Por qué pasa?

Los estudios suelen coincidir una y otra vez: el estrés es uno de los principales detonantes por el que se muerden las uñas. Cuando el cerebro percibe tensión, ya sea por una dificultad en el trabajo, un examen, incertidumbre económica o conflictos personales, el acto de morderse las uñas puede dar un alivio temporal a esa tensión, funcionando casi como un calmante instantáneo.

Muchos adultos y adolescentes señalan que se suelen morder las uñas en momentos de ansiedad, irritabilidad o frustración interna, como si el comportamiento fuera una especie de válvula de escape emocional.

Por otro lado, desde el punto de vista de la psicología conductual, la onicofagia puede verse como un hábito “reforzado”: cada vez que una persona se muerde las uñas y siente alivio o distracción del malestar interno, este comportamiento se refuerza y se perpetúa. Con cada repetición, se convierte en un patrón automático difícil de interrumpir sin intervención consciente.

Para algunas personas, morderse las uñas puede estar relacionado con la búsqueda de una señal física reforzadora, un tipo de autoestimulación táctil que puede calmar la mente. Esto es muy común en personas con perfiles neurosensitivos o con variaciones del espectro autista, aunque no se suele limitar a ellos.

En otros casos, la onicofagia puede ser una respuesta al perfeccionismo o la autoexigencia internalizada. La sensación de “no estar bien” con uno mismo puede traducirse en comportamientos de autocastigo o en rituales repetitivos centrados en el cuerpo como una manera de poder manifestar frustración o tensión interna.

¿Cuándo deja de ser un hábito normal y se vuelve preocupante?

No todas las personas que se muerden las uñas necesitan ser intervenidos por un profesional. Muchos lo hacen de manera casual y no muestran consecuencias significativas. No obstante, hay señales de alarma que pueden observarse cuando ya no es un hábito normal.

Por un lado, pueden darse uñas rotas, deformadas o encarnadas. También, se pueden producir infecciones alrededor de la uña o lesiones cutáneas, y por tanto, dolor persistente en dedos y uñas.

En cuanto a la parte emocional o social se puede sentir vergüenza profunda, aislamiento o evitar situaciones en público por la apariencia de las manos. Además, si se intenta dejar este hábito, se puede sentir una angustia significativa, ya que, la intención de parar repetidamente puede derivar en fracasos constantes y frustración.

Si varias de estas condiciones se presentan, muchos expertos suelen recomendar considerar la onicofagia como parte de un trastorno más amplio de regulación emocional, lo que puede requerir intervención psicológica o conductual profesional.

¿Qué se puede hacer?

La onicofagia se puede abordar con diferentes técnicas psicológicas específicas y estrategias prácticas como el reemplazo de hábito, que consiste en identificar el momento previo al hábito y sustituirlo por otra acción compatible como entrelazar los dedos, por ejemplo, para poder interrumpir el patrón automático.

La práctica de mindfulness también ayuda a desarrollar una mayor conciencia de los impulsos, por lo que se puede notar cuando surge la necesidad de morderse las uñas y tomar una decisión consciente antes de actuar.

Si se ha detectado este hábito y se quiere dejar, lo ideal es no hacerlo de golpe, sino marcar metas diarias o semanales, establecer una recompensa por los progresos y llevar un registro para que sea más motivador y mucho más eficaz. En el caso de que este hábito esté vinculado a estrés crónico, ansiedad o impacto emocional significativo, se debe recurrir a un psicólogo.