Bienestar

Un estudio explica por qué algunas personas siempre llegan tarde

Estas personas tienden a ver de una forma optimista el tiempo
Estas personas tienden a ver de una forma optimista el tiempo. Freepik
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Llegar tarde se suele interpretar como una falta de respeto, de organización o de interés. En ciertos casos, puede serlo. Pero la psicología del tiempo lleva años señalando que la impuntualidad crónica no siempre se explica por mala educación o despreocupación. En ocasiones, tiene más que ver con cómo la persona calcula el tiempo, cómo planifica las tareas previas, cómo gestiona la ansiedad o incluso con dificultades en funciones ejecutivas.

La ciencia no habla de una causa única, sino de una combinación de factores. Hay personas que subestiman cuánto tardan en arreglarse, otras calculan mal los desplazamientos, otras se distraen justo antes de salir y otras viven con una percepción interna del tiempo menos precisa. Es decir: algunas personas no llegan tarde porque quieran, sino porque su cerebro organiza el tiempo de una forma poco eficaz.

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Calcular mal cuánto tarda cada cosa

Uno de los factores más determinantes en la impuntualidad crónica no es la falta de intención, sino un error sistemático en la forma de calcular el tiempo. Muchas personas no llegan tarde porque no quieran llegar puntuales, sino porque subestiman de forma constante cuánto duran las tareas previas: ducharse, vestirse, preparar lo necesario, revisar el móvil o incluso salir de casa. A esto hay que sumar una percepción poco realista de los desplazamientos: se calcula el trayecto en condiciones ideales, sin tener en cuenta semáforos, tráfico, esperas o pequeños imprevistos cotidianos.

Este fenómeno encaja con lo que la psicología denomina falacia de planificación: la tendencia a creer que las cosas llevarán menos tiempo de lo que realmente necesitan, incluso cuando la experiencia demuestra lo contrario. Es un sesgo cognitivo muy común y no necesariamente consciente. No es que la persona esté engañándose, sino que construye sus cálculos desde un escenario demasiado optimista en el que todo sale según lo previsto. El problema de la vida real es que se tienen fricciones constantes, como buscar las llaves o encontrarse a alguien de camino, que pueden romper ese cálculo ideal.

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Además, este error no suele ser puntual, sino algo repetitivo. Es decir, alguien puede hacer comprobado muchísimas veces que necesita una media hora para estar listo, y de todos modos, sigue pensando que lo puede hacer en la mitad de tiempo. Esto genera una especie de bucle: cada día se sale con el tiempo justo, y cada día se llega tarde. La clave, según los expertos, está en pasar de una estimación intuitiva a una basada en datos reales. Medir cuánto tardan realmente las rutinas diarias y añadir un margen de seguridad puede parecer algo simple, pero es una de las estrategias más eficaces para romper este patrón.

No todo es desorganización: el reloj interno también influye

Aunque a menudo se asocia la impuntualidad con falta de organización, la realidad es más compleja. En muchos casos, el problema tiene que ver con el llamado “reloj interno”, es decir, la forma en la que cada persona percibe el paso del tiempo. No todos medimos el tiempo de la misma forma. Hay quienes tienen una percepción bastante precisa y casi automática, y quienes, en cambio, tienden a perder la noción de cuánto tiempo ha pasado sin darse cuenta.

Esta diferencia se relaciona en gran parte con la atención. Percibir el tiempo no es un proceso pasivo: el cerebro necesita registrarlo. Cuando una persona está concentrada en una tarea, distraída con el móvil o saltando entre actividades, es más fácil que esa referencia temporal se pierda. No es que no miren el reloj por descuido, sino que su mente no está monitorizando activamente el paso de los minutos.

Además, el llamado reloj interno puede verse alterado por factores como el estrés, la fatiga o la sobrecarga mental. Cuando el cerebro está saturado, prioriza terminar tareas o responder estímulos inmediatos, y deja en segundo plano la planificación temporal.

Otro aspecto muy importante es que este tipo de percepción no siempre mejora solo con “poner más atención”. Para muchas personas, la solución pasa por externalizar el tiempo: utilizar alarmas, temporizadores o recordatorios que actúen como referencia objetiva. De esta manera, no dependen únicamente de su sensación interna, sino que cuentan con señales claras que les ayudan a ajustar su comportamiento.

La procrastinación antes de salir

Hay un momento especialmente crítico para las personas que suelen llegar tarde: los minutos previos a salir de casa. En teoría, todo está listo, pero en realidad es cuanto más tiempo se tarda en salir. En estos momentos, aparece la tentación de hacer una cosa más: responder un mensaje, enviar un correo, recoger algo rápido, mirar una notificación o incluso empezar una tarea que parece breve. El problema es que eso que se hace muy rápido, rara vez dura lo que promete.

Desde la psicología, este comportamiento se entiende como una manera concreta de procrastinación. No se trata de posponer una tarea incómoda, sino de retrasar la transición a otra actividad. El cerebro tiende a quedarse en lo que ya está haciendo, sobre todo si es algo fácil, gratificante o no exige esfuerzo inmediato, como mirar el móvil o hacer pequeñas tareas domésticas. Cambiar de contexto requiere un pequeño coste mental y muchos lo evitan sin ser conscientes.

Por otro lado, también influye la dopamina, el sistema de recompensa del cerebro. Actividades como revisar redes sociales, responder mensajes o ver contenido rápido generan pequeñas recompensas inmediatas, lo que hace complicado interrumpirlas.

Una de las estrategias más eficaces no es confiar en la fuerza de voluntad, sino anticiparse a este momento. Algunos expertos recomiendan establecer una “hora de salida real” anterior a la que es necesaria, preparar todo con antelación y evitar iniciar cualquier actividad nueva en los últimos minutos. Incluso pequeños cambios, como dejar el móvil fuera de alcance o activar una alarma específica para “salir ya”, pueden marcar la diferencia.