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Pasar tiempo en la naturaleza: el efecto que tiene en el cerebro, según la ciencia

Ayuda a reducir la ansiedad y los pensamientos repetitivos. Freepik
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MadridDurante años, la idea de que “estar en la naturaleza sienta bien” ha formado parte del sentido común. Vivimos en un mundo donde estamos rodeados de pantallas, ruido urbano y agendas saturadas, por lo que dejar esto a un lado durante una tarde o tan solo unos minutos tiene un efecto inmediato: baja el estrés, despeja la mente y mejora el estado de ánimo.

Salir a caminar por un parque, pasar tiempo en el campo o simplemente estar rodeado de vegetación no es solo una actividad agradable. En los últimos años, la neurociencia ha comenzado a demostrar que estos entornos generan cambios medibles en la actividad cerebral, en la forma en que pensamos e incluso cómo se gestiona el estrés.

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Pero, ¿qué ocurre en el cerebro cuando entramos en contacto con la naturaleza? ¿Por qué un paseo entre árboles puede hacernos sentir mejor que una tarde frente a una pantalla?

El cerebro cambia al entrar en contacto con la naturaleza

Durante mucho tiempo, la idea de que la naturaleza puede relajar se ha entendido como algo subjetivo. Sin embargo, la investigación científica de los últimos años ha permitido comprobar que ese efecto tiene una base biológica clara: el cerebro modifica su actividad cuando entra en contacto con entornos naturales.

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Un metaanálisis que revisa más de un centenar de estudios señala que la exposición a la naturaleza desencadena una respuesta en cadena en el sistema nervioso. En primer lugar, el cerebro reduce la carga de procesamiento asociada a estímulos complejos y constantes y pasa a interpretar señales más sencillas y predecibles, como son el movimiento de las hojas, el sonido del agua o la luz natural. Esta transición ayuda a que el sistema nervioso entre en un estado más relajado y eficiente, abandonando el estado de alerta constante.

Además, distintas investigaciones han observado cambios medibles en la actividad cerebral a través de técnicas como la resonancia magnética o el electrocardiograma. En dichos estudios, las personas que pasan tiempo en la naturaleza muestran patrones asociados a menor estrés, mayor estabilidad emocional y una atención más sostenida pero menos exigente.

¿Qué le pasa al cerebro al pasar tiempo en la naturaleza?

Uno de los aspectos más relevantes del contacto con la naturaleza es que sus efectos en el cerebro no se limitan a una sensación subjetiva de bienestar, sino que pueden implicar cambios medibles en la actividad neuronal, en la química del organismo y en el funcionamiento cognitivo. Estos cambios pueden dibujar un patrón claro: el cerebro pasa de un estado de sobrecarga y alerta constante a uno de mayor calma, equilibrio y eficacia.

Uno de los primeros beneficios que produce es la reducción de la actividad en la amígdala, una región esencial en la respuesta al estrés, el miedo y la ansiedad. Distintos estudios han demostrado que caminar en entornos naturales disminuye su activación, lo que se traduce en una menor sensación de amenaza y en una reducción de la rumiación mental. Este cambio no solo se puede percibir a nivel emocional, sino que también se refleja en el descenso de los niveles de cortisol, la hormona del estrés, lo que favorece un estado fisiológico más relajado.

A la misma vez, la actividad eléctrica del cerebro también se modifica. En entornos naturales se ha observado un aumento de las ondas alfa y theta, asociadas a estados de relajación, creatividad y atención tranquila. Esto indica que el cerebro no entra en un estado pasivo, sino que funciona de manera más eficiente: menos saturado, pero igualmente activo. Es lo que algunos expertos describen como una “calma activa”, en la que la mente se encuentra despierta, pero sin la presión constante de los estímulos urbanos.

Estar en contacto con la naturaleza también favorece la recuperación de la atención. Una exposición continuada a tareas que requieren concentración agota los recursos cognitivos. La naturaleza, sin embargo, activa una atención involuntaria y suave que permite al cerebro descansar sin desconectarse por completo. Después de pasar tiempo en entornos naturales, muchas personas experimentan una mejora en la capacidad de concentración, en la claridad mental y en la toma de decisiones.

Los beneficios también llegan a funciones cognitivas más complejas, como son la memoria o el aprendizaje. Algunos estudios han encontrado que el contacto con la naturaleza está asociado con una mejora en la memoria de trabajo y en la capacidad para resolver problemas, así como con procesos relacionados con la plasticidad cerebral, es decir, la capacidad del cerebro para adaptarse y generar nuevas conexiones neuronales.

¿Cuánto tiempo hace falta para notar sus efectos?

Una de las claves que destaca la investigación es que no hace falta pasar horas en la naturaleza para empezar a notar sus beneficios. Algunos estudios han observado que incluso en apenas 10 o 20 minutos se pueden notar mejoras en el estado de ánimo y una reducción puntual del estrés. Sin embargo, cuando el tiempo de exposición aumenta, los efectos también lo hacen, volviéndose más consistentes y profundos.

A medio plazo, la evidencia apunta a que la regularidad es más importante que la duración puntual. De hecho, algunos estudios sugieren que acumular alrededor de dos horas semanales en contacto con la naturaleza, se relaciona con unos mejores niveles de salud física y mental. Solo deben integrar pequeños momentos de contacto con entornos naturales en la rutina diaria para poder notar sus efectos.