Qué significa que los hijos no hagan caso a sus padres a la primera, según el psicólogo Álvaro Bilbao
Que un niño pequeño no haga caso a la primera no es desobediencia, es una consecuencia del desarrollo de su cerebro
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A día de hoy, no es raro que muchos padres se frustren cuando sus hijos no responden a la primera llamada, no recogen sus juguetes o ignoran una simple instrucción. A primera vista puede parecer una falta de respeto o una conducta desafiante, pero para el neuropsicólogo y experto en crianza Álvaro Bilbao este comportamiento tiene raíces mucho más profundas que la simple desobediencia.
No obedecer a la primera no quiere decir que al niño no le importen sus padres ni tampoco que quiera desafiar su autoridad a propósito, según Bilbao. Puede ser, en muchos casos, una señal de desarrollo cerebral y de la forma en la que los niños procesan la información y las reglas.
Entender esto desde otro punto de vista puede ayudar a no solo reducir la frustración parental, sino también a mejorar la relación con los hijos y favorecer su desarrollo emocional y cognitivo.
El cerebro infantil está en construcción
Una de las claves que destaca Álvaro Bilbao es que el cerebro de los niños, sobre todo durante los primeros años, no está completamente desarrollado. Las áreas responsables del control de impulsos y la atención se consolidan gradualmente durante infancia y adolescencia, y no llegan a la madurez completa hasta los 21-23 años.
Esto quiere decir que pedir a un niño que interrumpa una actividad que le gusta y “haga caso” inmediatamente requiere que cambie rápidamente de atención y controle un impulso. Para muchos niños pequeños, en especial los menores de 5 años, este proceso es fisiológicamente difícil, no irracional. Cuando un niño continúa jugando, viendo la tele o concentrado en algo que le gusta, su cerebro no es capaz de “frenar” esa acción con la misma eficacia que puede hacerlo un adulto.
Este psicólogo utiliza esta explicación para recordar a los padres que no se trata de una elección consciente del niño para ignorar o desafiar, sino de una limitación del desarrollo cerebral que puede terminar mejorando con el tiempo y la práctica orientada.
Más allá de la simple “capacidad de escuchar”, la obediencia implica dos funciones cognitivas complejas: atención sostenida y regulación de impulsos. Para que nos entendamos, cuando los padres piden a su hijo que deje de hacer lo que está haciendo, están pidiendo que el niño: detenga una conducta en curso, redirija su atención hacia otra tarea y ejecute una acción nueva basada en la orden que ha dado.
Estos tres pasos requieren un nivel de función ejecutiva que los niños aún están aprendiendo a integrar. Las investigaciones en neurodesarrollo infantil subrayan que estas funciones, ligadas al control cognitivo, no están totalmente operativas durante la primera infancia.
Es por esto que Bilbao insiste en que la falta de respuesta inmediata no debe interpretarse como una falta de respeto o un intento deliberado de desobedecer.
No obedecer a la primera no es rechazo
Un error común en muchos padres es pensar que el niño que no hace caso “no les respeta” o “no les quiere escuchar”. Pero, como ha señalado este psicólogo y han recogido otros expertos en educación y desarrollo infantil, el comportamiento de los niños suele responder a su proceso de aprendizaje y regulación emocional, no a un rechazo emocional hacia sus progenitores.
Los niños pequeños están aprendiendo a gestionar sus emociones, a prestar atención por períodos cada vez más largos y a equilibrar sus deseos con las demandas del entorno. Poder responder a estas demandas les supone un trabajo interior que va más allá de una simple instrucción verbal.
Álvaro Bilbao ha defendido en varias ocasiones que los niños no solo responden a lo que escuchan, sino al ambiente emocional que perciben. Esto también concuerda con la creciente evidencia científica sobre la crianza y la comunicación efectiva: los niños tienden a responder mejor cuando las órdenes están acompañadas de calma, empatía y una conexión emocional clara.
Cuando los padres gritan, imponen o reaccionan con frustración, el niño puede sentirse sobrepasado y su capacidad para responder de la manera más adecuada disminuye. Sin embargo, una voz más calmada, instrucciones claras y un tono afectuoso hacen que el niño pueda procesar la información mejor y responder de la mejor manera.
¿Cuándo sí que hay que preocuparse?
Es esencial diferenciar entre un desarrollo típico y situaciones que pueden requerir de atención profesional. No responder a la primera es normal dentro del rango esperado para los niños pequeños y no suele ser un motivo de alarma. No obstante, respuestas persistentes, extremas o acompañadas de conductas agresivas o regresivas pueden indicar la necesidad de consultar con un especialista en desarrollo infantil o psicología.
El enfoque de Álvaro Bilbao y otros expertos señala que la calidad de la relación familiar influye de una manera especialmente poderosa en cómo los niños responden a las órdenes, por lo que trabajar en el vínculo emocional puede ser tan crucial como la disciplina misma.
