Los jóvenes recuerdan menos datos y confían más en el buscador, algo que exige replantear cómo se entrena la memoria en la era digital
Cómo afecta al nivel ortográfico de tus hijos que suelan escribir con faltas en los chats y apps del móvil
Si en los 90 memorizar datos era algo obligatorio en el colegio, hoy se vive el extremo opuesto: cualquier duda, por pequeña que sea, se puede resolver en un clic. Google lo sabe antes de que acabemos de escribir la pregunta. Esta disponibilidad inmediata de información ha transformado por completo la manera de estudiar y de aprender, sobre todo entre los más jóvenes, que han crecido pensando que saber algo y buscarlo en internet es lo mismo. Pero, no lo es.
Durante estos últimos años, psicólogos cognitivos y expertos en educación han comenzado a estudiar este cambio significativo en nuestros hábitos. Se ha bautizado como “efecto Google”: la tendencia a recordar menos la información cuando sabemos que está a golpe de clic. No se trata de una visión catastrofista, es un fenómeno real y medido en laboratorio. Lo que preocupa es que este comportamiento, aparentemente inocente, afecta también a cómo los estudiantes gestionan su memoria, su capacidad de atención y su forma de enfrentarse a los contenidos escolares.
Qué es exactamente el “efecto Google”
El término se popularizó a raíz de un estudio publicado en Science en 2011 por la psicóloga Betsy Sparrow y su equipo. Realizaron una serie de experimentos donde se pudo comprobar que cuando las personas saben que pueden acceder fácilmente a una información en Internet, tienden a recordar peor el dato, pero recuerdan mejor dónde buscarlo.
Esto quiere decir que la memoria se adapta. En lugar de almacenar el contenido, guarda la ruta. Este es un fenómeno que se conoce como “Google Effect” o “Amnesia digital”.
Empresas como Kaspersky han documentado este cambio en estudios de miles de personas en Europa y Norteamérica: una gran parte de los encuestados no recordaba ni siquiera el número de teléfono de su pareja o familiares cercanos porque confían en que el móvil lo “sepa” por ellos.
Aplicado a la educación tiene una consecuencia clara: los alumnos corren el riesgo de entrenar menos la memoria y delegar mucho en el buscador.
¿Es malo depender siempre de Google?
No necesariamente. Hoy se sabe que nuestra memoria funciona con recursos limitados: la llamada memoria de trabajo solo se puede manejar unos pocos elementos a la vez mientras se piensa, o se comprende o se resuelven problemas.
La teoría de la carga cognitiva explica que, si se satura esa memoria “de corto plazo” con demasiados datos, se aprende peor. Se deben diseñar bien las tareas y el material, seleccionando qué es esencial y qué no, ayuda a liberar espacio mental para lo importante.
Sabiendo esto, utilizar internet puede ser positivo para evitar tener que memorizar datos más triviales o muy cambiantes como el número exacto de habitantes de un país. Por otro lado, permite acceder rápido a ejemplos, definiciones o recursos visuales que enriquecen la comprensión. Además, funciona como una especie de memoria externa compartida, que complementa la memoria humana.
El problema llega cuando Google deja de ser un apoyo y se convierte en muleta permanente: el alumno antes de pensar, busca y copia antes de entenderlo. Lo peor es que sienta que “ya lo sabe” solo porque ha leído esa información una sola vez en pantalla.
Cómo se puede equilibrar la información que debe memorizar y la que se busca al momento
Encontrar el equilibrio entre memoria y búsqueda instantánea no es cuestión de prohibir o permitir, sino de enseñar a distinguir. En educación conviene aplicar un principio sencillo: b; buscar lo que solo se necesita para comprobar. La memoria humana funciona como una base de operaciones: si un alumno domina los conceptos clave, el vocabulario esencial y los procedimientos básicos sin depender del móvil, puede dedicar sus recursos mentales a comprender, analizar y relacionar ideas.
Sin embargo, si cada dos minutos se necesita consultar un dato fundamental, la atención se rompe y la comprensión se resiente. Por eso, los conocimientos estructurales como pueden ser las tablas de multiplicar, verbos irregulares más comunes, reglas ortográficas esenciales, conceptos “puente” de cada materia, sí que deben estar integrados en la memoria a largo plazo.
La búsqueda instantánea, bien utilizada, actúa como un refuerzo, no como un sustituto. Se recomienda para detalles concretos, cifras muy cambiantes o información secundaria que no condiciona la comprensión global.
Por ejemplo, un alumno no debería tener que recordar el número exacto de habitantes de un país, pero sí que debería manejar un orden de magnitud aproximado, al igual que tampoco tiene que memorizar listas interminables de fechas, pero sí las que estructuran la época que está estudiando. En ese sentido, Google se convierte en una herramienta muy útil para verificar, ampliar o aclarar, siempre que llegue después de haber intentado pensar o recordar por sí mismo.
Antes de buscar o memorizar, se debe aplicar la regla de las tres preguntas que recomiendan los pedagogos:
- ¿Lo vas a necesitar muchas veces y con rapidez?
- ¿Es un concepto que sostiene otros aprendizajes?
- ¿Realmente cambia a menudo o es estable en el tiempo?
Si al menos dos preguntas son afirmativas, es mejor aprenderlo que buscarlo. Esta combinación, de memoria para lo esencial y buscador para lo accesorio, permite a los estudiantes desarrollar autonomía, pensamiento crítico y también, una relación más saludable con la tecnología.


