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Bañadores ridículos, con colores absurdos, que parecen calzoncillos o el juego de servilletas de nuestras abuelas. Cuerpos que han ido a muy mal, como el del Ryan O'neall, que arrastra una tripa imposible. Combinaciones indescifrables, que no se entiende que buscan, si el anonimato o el simple disfraz, como el que luce el músico Steven Tyler, irreconocible bajo ese sombrero estrafalario y un pantalón de payaso de circo de mala muerte. En la playa, el sol y el salitre atentan contra el glamour, pero un poco de cuidado no estaría mal para lucir al menos de forma agradable.





