Salud

Médicos y nutricionistas coinciden en cuál es una de las peores bebidas para el hígado

El hígado tiene que hacer un esfuerzo muy grande para metabolizar el alcohol. Freepik
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Cuando se habla de bebidas perjudiciales para la salud, muchas personas piensan automáticamente en refrescos azucarados, bebidas energéticas o cerveza. Es cierto que todas ellas pueden tener efectos negativos si se consumen en exceso, pero médicos y nutricionistas están señalando desde hace tiempo a otro grupo de bebidas todavía más preocupante para el hígado: los licores y bebidas alcohólicas de alta graduación.

Vodka, ron, whisky, ginebra o tequila aparecen continuamente en las advertencias de expertos en salud hepática debido al enorme esfuerzo que obligan a realizar al hígado para metabolizar el alcohol. Lo más importante es que el daño no siempre está relacionado con grandes cantidades o consumos extremos. Cada vez más especialistas insisten en que incluso el consumo moderado y habitual puede generar inflamación, estrés hepático y deterioro progresivo del órgano.

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El hígado, un órgano que trabaja en silencio

El hígado es uno de los órganos más importantes del cuerpo humano y, al mismo tiempo, uno de los más castigados por determinados estilos de vida. Entre sus funciones están, filtrar sustancias tóxicas, metabolizar medicamentos y alcohol, regular grasas y azúcares, producir proteínas esenciales y ayudar en procesos digestivos y hormonales.

El problema es que muchas veces el hígado empieza a sufrir daño sin darnos cuenta. A diferencia de otros órganos, puede deteriorarse durante mucho tiempo sin que haya síntomas evidentes. Por eso, los especialistas insisten tanto en cuidar ciertos hábitos cotidianos antes de que aparezcan problemas importantes.

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La peor bebida para el hígado

Chris Díaz, especialista en nutrición avanzada, explicaba recientemente en uno de sus vídeos que la peor bebida para el hígado no son los refrescos azucarados ni la cerveza, se trata de los licores fuertes y bebidas alcohólicas de alta graduación. La principal razón tiene que ver con cómo el organismo procesa el alcohol.

Cuando una persona consume bebidas alcohólicas, el hígado debe metabolizar el etanol y transformarlo en otras sustancias para que el cuerpo pueda eliminarlas. Durante ese proceso aparece el acetaldehído, un compuesto altamente tóxico relacionado con la inflamación, daño celular y estrés oxidativo. Asimismo, cuanto mayor es la graduación alcohólica, más trabajo necesita realizar el hígado en menos tiempo.

Uno de los errores más comunes es pensar que el daño hepático solo aparece en personas con un consumo extremo o alcoholismo severo. Pero los expertos llevan mucho tiempo advirtiendo de que el consumo regular, aunque sea social o aparentemente moderado, también puede dañar el hígado de forma progresiva. Es cierto que el hígado permanece sometido a inflamación constante y a un esfuerzo metabólico repetido que termina acumulándose con el tiempo. Cada ingesta obliga de la misma forma al organismo a procesar sustancias tóxicas.

¿Por qué los licores fuertes son especialmente agresivos?

La principal diferencia entre un licor fuerte y otras bebidas alcohólicas está en la concentración de alcohol. Mientras que una cerveza suele contener entre un 4-6% de alcohol, el vino alrededor del 12-14%, muchos destilados pueden llegar al 35-40% o incluso más.

Esto quiere decir que el hígado va a recibir una cantidad mucho mayor de etanol en menos volumen de bebida. Además, muchas veces este tipo de alcohol se consume rápidamente en forma de chupitos, combinados o copas muy concentradas. Eso hace que la capacidad del organismo para metabolizar sea más compleja, pudiendo provocar un aumento del estrés hepático y de la producción de acetaldehído, considerado uno de los compuestos más dañinos derivados del metabolismo del alcohol.

Aunque en redes sociales a veces se demonizan muchísimo más los refrescos o el azúcar, los especialistas recuerdan que el alcohol continúa siendo una de las sustancias más relacionadas con enfermedad hepática grave. De hecho, la Organización Mundial de la Salud lleva años advirtiendo que puede provocar cirrosis, hígado graso, inflamación hepática y un aumento de riesgo de distintos tipos de cáncer.

Uno de los aspectos que más preocupa actualmente es el aumento de problemas hepáticos en personas jóvenes. El hígado graso, tanto alcohólico como no alcohólico, aparece cada vez con más frecuencia asociado a mala alimentación, sedentarismo, obesidad, exceso de azúcar y consumo frecuente de alcohol. Lo más preocupante es que las personas pueden no ser conscientes de su enfermedad porque puede desarrollarse durante años sin mostrar síntomas claros.

¿Qué pasa con los refrescos azucarados?

Un exceso de azúcar, especialmente en forma líquida, también está relacionado con obesidad, diabetes tipo 2 y enfermedad del hígado graso no alcohólico. Las bebidas azucaradas tienen además otro problema importante: el azúcar líquido se absorbe muy rápidamente y favorece la acumulación de grasa en el hígado cuando el consumo es habitual.

Debido a ello, los expertos insisten en que tampoco deberían formar parte de la rutina diaria. Sin embargo, cuando se compara directamente el impacto hepático de los refrescos con el de los destilados alcohólicos, muchos especialistas consideran que las bebidas de alta graduación generan un daño más agresivo y directo sobre las células hepáticas.