Mirar el móvil antes de dormir no solo retrasa la melatonina, sino que activa el cerebro dificultando la conciliación del sueño
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Cuando vamos a la cama, hay un gesto muy normalizado: coger el móvil y echar un último vistazo a redes sociales, responder mensajes o ver algún vídeo pendiente. Esto se ha convertido en una rutina aparentemente inofensiva. Sin embargo, detrás de este hábito cotidiano se esconde una realidad menos amable: el uso del móvil antes de dormir puede alterar profundamente la calidad del sueño, mucho más de lo que podemos imaginar.
Los expertos llevan años alertando de que las pantallas no son un buen aliado a la hora de dormir. Aunque durante mucho tiempo se ha culpado únicamente a la famosa “luz azul”, la ciencia ha descubierto que el problema es más complejo y tiene múltiples capas.
La luz azul: el primer culpable
Cuando hablamos del impacto del móvil en el sueño, el primer concepto que suele aparecer es la luz azul. Esto no es casualidad. Este tipo de luz, emitida por pantallas de móviles, tablets o televisores, tiene un efecto directo sobre nuestro reloj biológico.
Nuestro cuerpo funciona con un ritmo circadiano, una especie de reloj interno que regula cuándo se está despierto y cuándo se debe dormir. Cuando cae la noche, el organismo comienza a liberar melatonina, la hormona que induce el sueño. Pero la exposición a la luz puede interferir en este proceso.
Múltiples estudios señalan que esta luz “engaña” al cerebro haciéndole creer que aún es de día, retrasando la producción de melatonina y dificultando conciliar el sueño. Incluso una exposición breve puede alterar este equilibrio. Tan solo unos minutos de pantalla pueden retrasar la liberación de melatonina varias horas. Como consecuencia de ello, no solo se va a tardar más en dormirse, sino que el sueño puede ser más superficial y menos reparador.
El problema también es mental
Reducir este problema únicamente a la luz azul sería simplificar demasiado. Cada vez más estudios apuntan a que el verdadero impacto del móvil antes de dormir está en la estimulación mental que genera.
El contenido que se consume, redes sociales, videos o noticias, mantiene al cerebro en estado de alerta. Lejos de preparar el cuerpo para el descanso, lo activa. Este fenómeno es más evidente en prácticas como el “doomscrolling”, el hábito de encadenar contenido sin parar.
Los expertos señalan que esta estimulación cognitiva dificulta la desconexión necesaria para dormir, ya que el cerebro sigue procesando información cuando debería comenzar a relajarse. Además, utilizar el móvil en la cama crea una asociación negativa: el dormitorio deja de ser un espacio de descanso para convertirse en un entorno de actividad.
Las consecuencias de este hábito no son menores. La evidencia científica es bastante clara: utilizar dispositivos electrónicos antes de dormir está asociado a una peor calidad del sueño. Según diferentes estudios, las personas que utilizan pantallas por la noche tienden a dormirse más tarde, dormir menos horas y tener un sueño más fragmentado.
En adolescentes, la exposición nocturna a pantallas se relaciona directamente con un sueño menos duradero y de peor calidad. Estudios publicados en revistas científicas también han encontrado que un mayor uso del móvil antes de acostarse se asocia con más dificultad para conciliar el sueño y mayor somnolencia durante el día.
El problema no es solo que se tarde más en dormirse, sino que se descansa peor. Y esto, tiene efecto acumulativo.
El móvil sustituye el sueño
Otro factor fundamental que pasa desapercibido es el tiempo. Utilizar el móvil antes de dormir no solo afecta al sueño por cómo lo altera, sino porque directamente le roba minutos o incluso horas.
Un estudio con miles de jóvenes universitarios encontró que cada hora adicional frente a la pantalla por la noche aumenta significativamente el riesgo de insomnio. Cuánto más tiempo se pasa con el móvil, menos tiempo se tiene para dormir. Este fenómeno se conoce como “desplazamiento temporal”, ya que el móvil no solo altera el sueño, sino que lo sustituye.
El problema se complica aún más porque puede generar un círculo vicioso. Dormir mal aumenta el cansancio del día siguiente, lo que hace que se quiera pasar más tiempo con el móvil por la noche como forma de evadirse o entretenerse. Por otro lado, las personas con problemas de sueño suelen utilizar más dispositivos antes de acostarse, lo que va a empeorar aún más la situación. Lo que comienza como un hábito puntual e inofensivo, puede convertirse en una rutina difícil de romper.
¿Es tan grave en adultos como en niños?
Aunque muchas recomendaciones se centran en niños y adolescentes, los efectos también son significativos en adultos. Los expertos advierten que la falta de sueño de calidad es un problema creciente en la población adulta.
Organismos como la OMS recomiendan limitar las pantallas antes de dormir y fomentar hábitos saludables de descanso, sobre todo entre los más jóvenes, aunque son perfectamente adaptables a cualquier edad.
Algunas recomendaciones habituales son evitar pantallas al menos una hora antes de acostarse, activar modos de luz nocturna o reducir el brillo, establecer una rutina relajante como leer, meditar o escuchar música suave antes de ir a la cama y sacar el móvil del dormitorio o dejarlo lejos de la cama.


