El 'contrato' de notas responsable: la forma efectiva de motivar a tu hijo sin caer en la compra de regalos
Especialistas coinciden en que las recompensar pueden reducir la motivación, pero los acuerdos basados en metas realistas pueden fomentar un aprendizaje más sostenible
Guía de rutinas que ayudan a los niños a concentrarse mejor en casa y en el colegio
Cuando llega el momento de ver las notas de un hijo, pueden surgir preguntas como: “¿le debería comprar un regalo si lo hace bien?”. Muchas familias se plantean distintas estrategias: muchos incentivan con cosas materiales, otros con dinero, y otras no hacen nada porque piensan que es su obligación. De estas dudas surge el “contrato de notas responsable”. Se trata de un acuerdo claro, compartido y educativo entre padres e hijos que refuerza la autonomía, el sentido de responsabilidad y la motivación.
La idea básica es simple: al comenzar el curso o al inicio de cada evaluación, padres e hijos establecen juntos qué niveles de rendimiento o qué comportamientos de estudio son los esperados, qué apoyo van a ofrecer los padres y qué consecuencias, tanto positivas como responsabilidades, deberá asumir el alumno.
No se trata de un “te compro si lo haces”, es un trabajo en equipo para que el niño pueda conseguir sus objetivos, y se celebra (o no) según el compromiso puesto por él. Esta es una práctica que busca evitar los efectos adversos de las recompensas materiales y en su lugar fomentar una motivación más sostenible e interiorizada.
¿Por qué funciona este contrato y cuándo puede fallar?
Varios estudios han analizado el uso de incentivos materiales o económicos para motivar el rendimiento escolar. Algunos de estos estudios han señalado que los incentivos funcionan mejor en estudiantes de entornos desfavorecidos, aunque no siempre es así. Además, también tienen un distinto nivel de eficacia dependiendo de la motivación inicial del alumno: los más motivados van a responder mejor, mientras que los menos motivados no tanto.
Otro análisis señala que las recompensas externas pueden reducir la motivación intrínseca cuando están por encima del sentido de logro personal. Cuando un niño entiende que estudia “porque hay que hacerlo” o “porque mamá o papá me van a comprar algo”, puede perder el sentido de que se hace para aprender, progresar o sentirse competente.
Este “contrato responsable” puede marcar la diferencia debido a que se puede combinar lo mejor de los dos mundos: puede aportar estructura y claridad, ya que padres e hijos acuerdan de manera explícita qué se espera, qué se hará para conseguirlo y cuáles van a ser las consecuencias, sean positivas o no. También promueve la participación activa del alumno, éste deja de ser receptor del sistema para ser copartícipe del acuerdo, algo que fomenta su sentido de control y autonomía.
Por otro lado, se evita que la recompensa se convierta en el centro, sino que es el cierre de un proceso, algo que se celebra después de haber cumplido un compromiso. Asimismo, visibiliza el apoyo de la familia, no es solo un “yo quiero que saques buenas notas”, sino más bien un acompañamiento hacia la meta. Por último, permite ajustar expectativas y responsabilidades según la edad, capacidad y contexto del niño, fomentando una progresión realista.
Este contrato también puede fallar si el acuerdo solo gira en torno al premio material y el apoyo o involucración de la familia es bajo, el niño puede darse cuenta de que simplemente se trata de un trueque: él lo hace bien y sus padres le dan lo que quiere, desapareciendo el “por qué” del aprendizaje, ésto puede debilitar la motivación intrínseca a largo plazo.
En cuanto a las metas, cuando son poco realistas o no hay seguimiento, puede generar frustración o sensación de fracaso en el niño. Además, si el alumno ya tiene muy baja motivación y se le “premia” solo por cumplir mínimos, se corre el riesgo de reforzar un esfuerzo muy escaso. De hecho, los incentivos funcionan mejor cuando hay cierta motivación previa.
Cómo diseñar el “contrato” de notas responsable
Diseñar un “contrato” de notas responsable no consiste en poner metas rígidas sobre el rendimiento escolar, sino en construir un acuerdo que pueda dar estructura, acompañamiento y sentido al esfuerzo del niño. El primer paso es preparar una conversación tranquila y sin prisas.
Se trata de invitar al niño a participar en una planificación conjunta. Los expertos suelen recomendar empezar preguntando qué cree él o ella que podría mejorar, qué nota le haría sentirse satisfecho y qué obstáculos suele encontrar en su rutina. Esta conversación inicial es fundamental para que el niño se sienta parte del proceso y vea el contrato como una herramienta para su propio crecimiento.
Después, hay que fijar metas claras y, sobre todo, alcanzables. Los psicólogos educativos insisten en la importancia de establecer objetivos realistas y medibles: pasar de suspender dos asignaturas a suspender solo una, mejorar la media general un punto, mantener la entrega de tareas al día, o estudiar 20 minutos más cada tarde.
No se recomienda centrarlo solo en las notas finales, sino en hábitos y comportamientos que construyen el aprendizaje. De igual manera, el contrato debe especificar qué apoyo darán los padres: organizar juntos un horario, estar disponibles para resolver dudas, revisar tareas, crear un ambiente de estudio adecuado, o sencillamente hacer un seguimiento semanal del plan.
Seguidamente, se debe formalizar el acuerdo. Evidentemente, no hace falta elaborar un documento jurídico, pero sí un “contrato simbólico”: un papel con las metas, los compromisos de ambas partes y los plazos de revisión. Firmarlo juntos ayuda a reforzar la idea de corresponsabilidad. Este contrato debe ser colocado en un lugar visible para que pueda actuar como recordatorio amable del camino que se está recorriendo juntos. Lo importante no es el papel en sí, sino el gesto de asumir públicamente un compromiso compartido.
Es importante, mantener un seguimiento regular. Muchos contratos fallan porque se firman y luego se olvidan. Por eso, es esencial revisar cada semana o cada quince días cómo va el proceso: si hay que ajustar horarios o si se ha avanzado más de lo previsto. Este seguimiento debe ser breve y positivo, centrado en soluciones y no en reproches. Cuando el niño ve que hay coherencia, acompañamiento y escucha, aumenta su motivación y su sensación de control sobre los resultados.
Por último, el quinto paso es celebrar el progreso y acompañar el error. Cuando se cumplen las metas, la celebración debe centrarse tanto en el esfuerzo como en el resultado. La recompensa no tiene por qué ser algo material: puede ser alguna actividad elegida por el niño, una salida especial o simplemente un reconocimiento verbal sincero.
Y cuando no se consiguen esas metas, no debe vivirse con un fracaso, sino como una oportunidad para revisar el acuerdo y descubrir qué ha fallado y qué necesita ser modificado. Este contrato no tiene como objetivo castigar, sino enseñar a reflexionar, ajustar y seguir avanzando, siendo una herramienta educativa sólida, flexible y motivadora.
