Del síndrome del nido vació al síndrome del nido lleno: los boomerang kids, una nueva realidad

Son los llamados boomerang kids, y este regreso suele deberse a circunstancias económicas, personales o sociales.
Los efectos psicológicos afectan tanto a padres como a los hijos que vuelven a casa.
Cada vez son más los hogares en los que ya no se habla del síndrome del nido vacio sino del síndrome del nido lleno. Una nueva realidad que tiene consecuencias negativas para nuestra salud mental. Muchos padres lo viven con frustración o resignación, y la situación se complica cuando hijos que en su día se marcharon regresan al hogar parental.
Son los llamados boomerang kids, y este regreso suele deberse a circunstancias económicas, personales o sociales. Los trabajos precarios, los divorcios, la dificultad para acceder a una vivienda, frenan la emancipación, informan Ana Martín y David Jiménez.
A sus 35 años, Ana, trabajadora social, tiene que seguir viviendo en casa de sus padres. Con unos alquileres por las nubes y con contratos de trabajo temporales independizarse no entra en sus planes. También María, a sus 44 años, ha tenido que decir adiós a su independencia. En su caso ha sido un divorcio y un niño a su cargo lo que le lleva a retornar a casa de su padre. Tras la separación no puede afrontar los gastos.
Los efectos psicológicos del nido lleno
Antonio Mundo, de Alarcón Psicólogos, reconoce que esto puede dañar nuestra salud mental. "Volver a casa frena nuestras vidas. Hay una sensación de bloqueo, de ansiedad, al ver que los hijos no evolucionan, y los hijos sienten una sensación de atrape, y viven una insatisfacción y una baja autoestima".
Hay otros factores que pueden afectar a los propios padres, que se sienten culpables por desear que sus hijos abandones el nido -igual que antes, los padres lo pasaban mal al verse con un nido vacío cuando habían dedicado toda su vida al cuidado de los hijos, cuando las madres no era tan común que tuvieran un trabajo además del de la casa-.
Y la vuelta no es fácil ni para los padres ni para los hijos. Es hora de volver a casa pero como adulto, con responsabilidades y no ya como una adolescente.
Los padres pueden sentir que el rol de cuidadores no acaba y que no van a tener la oportunidad de vivir su vida.
Otro punto de fricción puede ser el hecho de que la vuelta sea forzada y no querida. No es lo mismo vivir en casa de los padres porque uno quiere, de mutuo acuerdo y en un buen ambiente, que salir de la casa y volver por las circunstancias. Esto puede generar más enfrentamientos si las cosas no se dejan claras.
Y hay un elemento más, la sensación de ser una carga para muchos hijos mayores, que sienten que no se han realizado como personas, o que han fracasado, y de unos padres que no son capaces de decir a sus hijos sus sentimientos tras esta vuelta para no hacerles daño.

