El nuevo juego de poder a nivel internacional: Estados Unidos presiona y China mide sus pasos

China no entra en guerra desde su conflicto con Vietnam en 1979
Frente al neoimperialismo estadounidense, Pekín ha optado por una estrategia de contención
El escenario político internacional vuelve a parecerse a un gran tablero de poder en el que las principales potencias mueven ficha para ampliar o proteger su influencia. Donald Trump ha regresado al centro del juego reclamando un mayor control geopolítico, especialmente en América y en otros territorios que considera estratégicos dentro de ese hemisferio, como Groenlandia. Un pulso que tiene como telón de fondo la creciente amenaza —sobre todo comercial— que representa China, convertida ya en el gran actor de esta nueva partida global.
Frente al neoimperialismo estadounidense, Pekín ha optado por una estrategia de contención calculada. China ha demostrado ser capaz de soportar la presión de los aranceles sin un impacto económico significativo, aplicando con paciencia máxima aquella máxima atribuida a Napoleón: no interrumpir al enemigo cuando está cometiendo un error. Esa misma cautela se ha visto en otros escenarios de tensión internacional. Mientras Washington bombardeaba Irán o aumentaba la presión sobre Venezuela, el gigante asiático se mantuvo en un segundo plano, consciente de que ninguno de esos conflictos afecta de forma directa a sus intereses estratégicos más sensibles.
Sin embargo, el clima interno en China refleja inquietud en otros frentes. Las redes sociales del país hierven con mensajes que reclaman una intervención en Taiwán, isla que Pekín considera parte irrenunciable de su territorio. Aun así, los expertos coinciden en que un movimiento militar a corto plazo es poco probable. Analistas como Su Tzu-yun, del Instituto de Investigación de Seguridad y Defensa Nacional, recuerdan que Taiwán dispone de un potente sistema de defensa antiaérea, lo que reduce notablemente las opciones de éxito de una operación militar directa, aunque mantiene a la isla en alerta máxima.
Con unos Estados Unidos cada vez más expansionistas y decididos a frenar la influencia china, Pekín parece mirar hacia dentro, más preocupada por la estabilidad de su economía que por abrir nuevos frentes armados. Es cierto que podría perder terreno en regiones como América Latina, donde había tejido importantes redes comerciales, pero la experiencia histórica apunta a la prudencia: China no entra en guerra desde su conflicto con Vietnam en 1979. Eso no significa ausencia de líneas rojas. Los analistas advierten de que el país no dudaría en reaccionar si percibe amenazas claras a su soberanía, a la estabilidad de sus vecinos o a su desarrollo económico. Por ahora, el dragón observa, calcula y espera su momento.

