Los préstamos rápidos pueden ser una solución puntual para un imprevisto, pero si no se gestionan bien, pueden ser una trampa cara llena de intereses
Las 3 preguntas que debes hacerte antes de comprar cualquier cosa que cueste más de 50 euros
Hoy en día, las compras imprevistas o los caprichos momentáneos son más accesibles que nunca. Con tan solo un clic y un formulario, en cuestión de minutos, el dinero está en la cuenta listo para gastarlo. Los préstamos rápidos de consumo se han convertido en una de las formas más habituales de financiación entre jóvenes y familias, sobre todo para gastos de urgencia, viajes, reformas o tecnología. En 2024, según el Banco de España, este tipo de créditos representaron más del 20% de las nuevas operaciones de financiación al consumo.
La rapidez y comodidad son su gran reclamo. No piden una nómina, tampoco avales y prometen dinero al momento. Pero detrás de esa facilidad pueden esconderse intereses altísimos, comisiones encubiertas y plazos difíciles de asumir, lo que en muchos casos termina generando más problemas de los que resuelve.
Por eso, antes de lanzarse a financiar cualquier compra con un préstamo rápido es mejor preguntarse si realmente se necesita, cuánto se va a pagar de más y si hay mejores opciones.
Qué es un préstamo rápido de consumo y cómo funcionan
Cuando se habla de un préstamo rápido al consumo en España se refiere a financiaciones de importe relativamente pequeño (desde cientos a algunos miles de euros), que se conceden en poco tiempo, a veces en tan solo unos minutos, y con trámites muy simples. Según el Banco de España, son préstamos que se caracterizan por su rapidez en su concesión, suelen ser en línea y con un análisis de riesgo muy simple, lo que hace que sean más costosos.
Por ejemplo, una fintech puede ofrecer 500 euros o 1000 euros con aprobación casi automática lo que llama la atención cuando aparece el dinero así de rápido. Pero, suelen llevar TAE elevadas, con plazos muy reducidos de hasta un año y comisiones adicionales. En casos extremos, la TAE puede superar varios cientos o incluso miles por ciento, según denuncias de los consumidores.
Además, el recurso de préstamos rápidos normalmente se relaciona con una urgencia: alguna avería imprevista, pérdida de ingresos, compras por impulso…. lo que reduce en gran medida la capacidad de comparar y planificar.
¿Cuándo sí que tiene sentido contratar uno?
A pesar de que los préstamos rápidos tienen mala fama, no siempre son una mala decisión. En determinadas circunstancias, pueden ser una herramienta útil para resolver un imprevisto o cubrir una necesidad puntual, siempre que se utilicen con cabeza y se analicen bien las condiciones.
Puede tener sentido recurrir a uno si se trata de una urgencia real que no puede esperar: la reparación de una caldera en pleno invierno, una avería en el coche necesaria para ir a trabajar o la sustitución de un electrodoméstico habitual. En estos casos, cuando el importe es moderado como unos 1.000 o 2.000 euros, el plazo de devolución es corto y las condiciones transparentes, el préstamo puede servir como puente hasta el siguiente ingreso o nómina.
También puede ser razonable usarlo si se ha comparado previamente la oferta y se entiende el coste real. No todos los préstamos rápidos tienen intereses abusivos: algunas fintech o bancos tradicionales ofrecen microcréditos con TAE razonables, sobre todo para clientes con un buen historial. En estos casos, un préstamo bien negociado puede ser una opción más ágil que una línea de crédito o una tarjeta.
Además, si el préstamo se destina a un gasto que genera valor o ahorro a medio plazo también puede tener sentido. Por ejemplo, un ordenador para trabajar o una formación que permita mejorar los ingresos. Si el coste del crédito es inferior al beneficio potencial, la operación puede tener una lógica económica. Lo fundamental es que sea una herramienta puntual y no un hábito.
¿Cuándo no se debería contratar?
Hay muchos escenarios en los que un préstamo rápido es una pésima decisión, y puede acabar saliendo muy caro. El primero y más evidente es cuando se utiliza para cubrir gastos prescindibles o compras impulsivas: un viaje, el último modelo de móvil que no se necesita o una compra online completamente innecesaria. Se tiene que pensar que el coste financiero puede ser el doble del precio original.
Tampoco es recomendable si no se tiene una visión clara del coste total. Muchos préstamos rápidos anuncian “TIN del 0%” o “sin intereses” pero esconden comisiones por apertura, gestión o prórroga que elevan la TAE por encima del 100%. Asimismo, los plazos suelen ser cortos (uno o tres meses), por lo que cualquier retraso puede disparar los recargos y derivar en impagos. Desde el Banco de España advierten que buena parte de los usuarios de este tipo de productos acaban sobreendeudados o en listas de morosos por impagos de apenas unos cientos de euros.
Otro motivo para evitar estos préstamos es cuando se utilizan para tapar otros créditos. Si se pide un préstamo rápido para pagar otro préstamo o una tarjeta de crédito, el problema ya no es financiero, sino estructural. En estos casos, lo aconsejable es acudir a una oficina del banco o a una asociación de consumidores para renegociar la deuda o buscar una reunificación antes de caer en una espiral de intereses.
Y, por supuesto, jamás debe contratarse un préstamo rápido con una entidad no regulada o sin transparencia. Si la empresa en cuestión no figura dentro del registro del Banco de España o no detalla la TAE y las comisiones de forma clara en el contrato, lo más probable es que se trate de un producto abusivo o incluso, pueda ser un fraude.
Alternativas para financiar una compra sin caer en créditos rápidos
Si la necesidad de financiación es real, existen opciones mucho más seguras y económicas que los préstamos rápidos. Una de ellas son los préstamos personales tradicionales que ofrecen los bancos o cooperativas de crédito: aunque requieren algo más de papeleo y tardan unos días en resolverse, tienen unos tipos de interés mucho más bajos y, además, cuentan con la supervisión del Banco de España.
También están las tarjetas con pago aplazado a corto plazo o los pagos “compra ahora y paga después” (BNPL), siempre que no se acumulen y se utilicen con responsabilidad son una mejor opción. Además, muchos comercios o plataformas digitales tienen la opción del pago a plazos sin intereses.


