El ex-agente del FBI que pudo evitar el 11-S y vive bajo la sombra de un cable silenciado: “Sabíamos quiénes eran”
El periodista Álvaro Soto publica un libro donde cuenta la historia de Mark Rossini, enlace del FBI en la CIA durante el 11S
Revela que la CIA bloqueó un cable del Rossini donde alertaba de que dos de los terroristas del 11S iban a viajar a Estados Unidos
Veinticinco años después del atentado que cambió el rumbo del siglo XXI, la publicación del libro ‘Agente Rossini’, escrito por el periodista Álvaro Soto, saca a la luz el testimonio inédito de Mark Rossini. Sus revelaciones desvelan el mayor fallo de coordinación de los servicios de inteligencia estadounidenses y plantean la dolorosa pregunta que le acompaña cada día: ¿por qué la CIA bloqueó la alerta que habría detenido a los terroristas antes del desastre?
La mañana del 11 de septiembre de 2001, mientras las Torres Gemelas ardían en Nueva York, el agente especial del FBI Mark Rossini sintió un frío helador en el pecho dentro del búnker de la CIA en Virginia. Destinado en Alec Station, la unidad secreta creada exclusivamente para cazar a Osama bin Laden, Rossini no solo contemplaba el horror en televisión, sino que sabía perfectamente quiénes iban en esos aviones. Meses antes, había tenido en la pantalla de su ordenador un documento clasificado con los nombres y visados de los terroristas de Al Qaeda que estaban a punto de ingresar a Estados Unidos.
Rossino relata a Noticias Cuatro que al llegar a su casa aquella noche, tras una jornada extenuante entre el silencio del búnker y el caos exterior, Rossini miró a su esposa y pronunció las palabras exactas que marcarían el resto de sus días: “Sabíamos quiénes eran”.
El origen de esta tragedia evitable se remonta a enero de 2000. Durante una reunión de Al Qaeda en Kuala Lumpur, la CIA vigiló estrechamente a Khalid al-Mihdhar y Nawaf al-Hazmi, descubriendo que poseían visados para entrar a Estados Unidos y reservas aéreas hacia Los Ángeles. Al ver estos datos, el socio de Rossini en la unidad, el agente del FBI Doug Miller, redactó un cable de alerta urgente para informar a su oficina federal y activar una investigación inmediata en suelo norteamericano. Sin embargo, el informe nunca salió de la central de inteligencia. Bajo la orden explícita de Tom Wilshire, subjefe de la unidad, se le instruyó a Miller suspender la transmisión ("Please hold off for now"), mientras que a Rossini se le ordenó guardar silencio absoluto bajo la premisa de que se trataba de información exclusiva de la CIA. Si ese cable se hubiera enviado, el FBI habría vigilado o detenido a los terroristas a su llegada, evitando por completo los atentados del 11-S.
Detrás de este silencio no solo había burocracia, sino un profundo choque cultural y un presunto pacto secreto. Mientras el FBI operaba con una mentalidad judicial enfocada en recabar pruebas y encarcelar criminales, la CIA priorizaba la inteligencia estratégica y el uso de fuentes. Rossini sostiene que la CIA bloqueó la alerta porque pretendía llevar a cabo una operación de captación autónoma, utilizando a los servicios secretos saudíes (Mabahith) y a su agente Omar al-Bayoumi para vigilar y reclutar a los terroristas en San Diego sin la interferencia judicial del FBI, un plan que colapsó debido a fallos humanos y afinidades ideológicas. Esta falta de cooperación institucional costó muy cara, especialmente para John O’Neill, mentor de Rossini y jefe antiterrorista del FBI. O'Neill, quien durante años advirtió incansablemente sobre la amenaza inminente de Al Qaeda chocando con la cerrazón burocrática, abandonó la agencia para asumir la seguridad de las Torres Gemelas, donde falleció heroicamente el 11-S mientras coordinaba la evacuación de los edificios.
Para Rossini, la muerte de su mentor y el peso de lo que sabía transformaron su vida en una constante lucha contra la culpa y el trauma. Aunque el Inspector General de la CIA intentó culparle en sus informes internos de no haber alertado verbalmente al FBI, Rossini conserva el "recibo" de su inocencia: un estricto acuerdo de confidencialidad que firmó y que le prohibía revelar datos de la CIA bajo amenaza de prisión. Tras una carrera que incluyó la fundación del Centro Nacional de Contraterrorismo, el ex-agente encontró en España un segundo hogar y un refugio de redención. Colaboró estrechamente con la policía española contra ETA y en las investigaciones del 11-M, y años más tarde logró curarse de un agresivo cáncer de garganta gracias al hospital MD Anderson de Madrid. Hoy, su testimonio es un crudo recordatorio de que en el mundo de la inteligencia, el silencio y la desconfianza institucional se pagan con vidas humanas.
