José Antonio Marina: “La adicción no es un problema, sino una mala solución a un problema”

El pensador publica ‘La vacuna contra las adicciones’, donde llama a potenciar las facultades ejecutiva de nuestro cerebro.
Esas facultades son capaces de inhibir impulsos y mantener el esfuerzo hacia metas valiosas
José Antonio Marina (Toledo, 1939) regresa a la primera línea del debate público con su libro ‘La vacuna contra las adicciones’ (Ariel), una obra que trasciende la autoayuda para situarse en la filosofía práctica. El autor parte de una premisa inquietante: “Usted también puede ser un adicto”, advierte en una entrevista con Noticias Cuatro. Considera que la especie humana es biológica y mentalmente vulnerable a múltiples patógenos que alteran nuestro funcionamiento.
Según explica Marina, nuestro cerebro se ha construido a lo largo de la evolución de forma improvisada, lo que él denomina “chapuzas evolutivas”. Entre ellas destacan el placer y el deseo, sistemas diseñados para guiar nuestra acción pero que no son de fiar: el diabético sigue deseando el azúcar y el adicto la sustancia que le destruye. Esta vulnerabilidad se agrava en la actual “sociedad de la dopamina”, donde las grandes plataformas digitales diseñan ecosistemas adictivos para capturar nuestra atención.
Frente a este escenario, el filósofo no propone remedios médicos, sino una “inmunología mental”. La verdadera vacuna consiste en aumentar la competencia heurística de las personas, es decir, su capacidad para reconocer los problemas y enfrentarse a ellos de manera eficiente. “La adicción no es un problema, sino una mala solución a un problema”, explica.
Marina distingue entre dos tipos de personalidades: la claudicante, que se siente impotente ante las dificultades y busca alivio rápido en la adicción, y la resuelta, que avanza con determinación resolviendo los conflictos de la vida.
El libro realiza una defensa firme de la voluntad, no como una facultad innata, sino como un hábito aprendido para obedecer a la propia razón. Marina es tajante al afirmar que identificar la libertad con la mera espontaneidad es un “virus mental” que nos deja inermes. En este sentido, recupera el valor de la ética como el nivel más alto de solución de problemas.
Para el autor, “la moral hizo al hombre”, y prescindir de ella supone un fenómeno regresivo. La educación de las funciones ejecutivas -capaces de inhibir impulsos y mantener el esfuerzo hacia metas valiosas- se convierte así en la herramienta fundamental para construir sujetos autónomos en un mundo incierto.
El mensaje final de Marina es de esperanza, pero exige esfuerzo: la creación de una “sociedad resuelta” donde la búsqueda de la felicidad privada colabore con la felicidad pública y la justicia.

