Las altas capacidades no son un único perfil, la superdotación es uno de ellos. Entender bien sus diferencias ayuda a detectar mejor y ofrecer apoyo educativo
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Durante muchos años, términos como superdotado, talento o niño genio se han utilizado casi como sinónimos para referirse a personas con un rendimiento intelectual excepcional. No obstante, la psicología y la educación llevan años afinando el lenguaje y los criterios, y hoy se sabe que no todas las personas con altas capacidades son superdotadas, ni todas las personas superdotadas encajan en el mismo perfil. Detrás de estas etiquetas suelen encontrarse realidades muy distintas, con implicaciones educativas, emocionales y sociales que conviene entender bien para evitar simplificaciones y estereotipos.
En España, el concepto de altas capacidades intelectuales (AACC) se ha ido consolidando como un paraguas más amplio y preciso que engloba distintos perfiles cognitivos. Esto es lo que recogen los documentos oficiales del Ministerio de Educación y las guías elaboradas por expertos en psicología educativa. De todos modos, continúan muchas dudas: ¿qué diferencia exactamente a una persona con altas capacidades de una superdotada?
Lejos de la imagen de alumno brillante que siempre saca sobresalientes, las altas capacidades pueden manifestarse de maneras muy distintas. Hay niños, adolescentes y adultos con un potencial intelectual que, cuando no son acompañados adecuadamente, pueden aburrirse en clase, desconectarse emocionalmente o incluso fracasar académicamente. Entender bien estos conceptos no solo es una cuestión terminológica: es fundamental para detectar, acompañar y atender mejor a estas personas.
Qué se entiende hoy por altas capacidades intelectuales
Las altas capacidades intelectuales no se refieren únicamente a un “ser muy inteligente”. Según la definición que manejan organismos como el Ministerio de Educación y la comunidad científica internacional, serían personas con un potencial cognitivo significativamente superior a la media en uno o varios ámbitos, que además estaría acompañado, en muchos casos, de una manera particular de procesar la información y de relacionarse con el entorno.
Hoy en día, el enfoque es multidimensional. Ya no solo se valora el coeficiente intelectual, sino que se valoran otros factores como son la creatividad, la motivación, la capacidad de aprendizaje, el pensamiento abstracto o la sensibilidad emocional.
En nuestro país, las altas capacidades se reconocen oficialmente como una necesidad específica de apoyo educativo. Esto implica que el sistema debe ofrecer medidas de atención adaptadas, aunque en la práctica éstas no siempre llegan de manera homogénea.
Los superdotados: un perfil concreto dentro de las altas capacidades
La superdotación intelectual es uno de los perfiles que se incluyen dentro del concepto más amplio de altas capacidades, pero no son el único. Tradicionalmente, se ha asociado a personas con un coeficiente intelectual igual o superior a 130, medido mediante pruebas estandarizadas y acompañado de un rendimiento alto en distintas áreas cognitivas.
La principal característica de la superdotación es su globalidad: la persona destaca de manera equilibrada en la mayoría de las capacidades intelectuales. Este perfil suele manifestarse de manera temprana y relativamente estable a lo largo del tiempo.
No obstante, los expertos advierten de que el coeficiente intelectual por sí solo no explica toda la complejidad de estas personas. Dos individuos que tengan el mismo coeficiente intelectual pueden tener necesidades educativas y emocionales muy diferentes. Por eso, hoy se insiste en evaluaciones más amplias que incluyan aspectos emocionales, sociales y motivacionales.
¿Qué diferencias hay entre altas capacidades y superdotación?
La diferencia fundamental es que las altas capacidades engloban diferentes perfiles, mientras que la superdotación es solo uno de ellos. Diferenciar entre altas capacidades y superdotación no es solo una cuestión académica, tiene consecuencias reales también en la salud mental y la inclusión social. Un diagnóstico adecuado permite ajustar expectativas, ofrecer apoyos concretos y evitar poner etiquetas simplistas que pueden terminar siendo dañinas.
Además, entender la diversidad dentro de las altas capacidades puede ayudar a diseñar respuestas educativas más flexibles, que no se limitan a adelantar contenidos, sino que fomenten el pensamiento crítico, la creatividad y el bienestar emocional.
Por otro lado, a pesar de que se habla mucho de altas capacidades en la infancia, la mayoría de los adultos con este perfil nunca fueron identificados. Muchos llegan a la edad adulta con una sensación persistente de ser distintos, de aburrirse con facilidad o de tener una vida interior muy intensa sin poder ponerle nombre a lo que les pasa.
Normalmente, en adultos, las altas capacidades suelen relacionarse con hipersensibilidad emocional, pensamiento muy rápido, necesidad de sentido, creatividad elevada o dificultad para encajar en entornos laborales rígidos. En algunos casos, el descubrimiento puede llegar después de una evaluación psicológica por ansiedad, burnout o sensación de vacío profesional.
Las personas con altas capacidades no forman un grupo homogéneo ni responden a un molde único. Algunas brillan en matemáticas, otras en arte; algunas son líderes naturales mientras que otras son introspectivas. La superdotación es solo una de las posibles expresiones de ese potencial.
Entender mejor qué son las altas capacidades y cómo se diferencian de la superdotación es un paso vital para acompañar mejor el talento, la diversidad y el desarrollo integral de las personas, e ir mucho más allá de las etiquetas.


