La clave está en enseñar a los adolescentes a gestionar su tiempo digital con rutinas claras, descansos reales y un propósito de uso de pantalla
Guía para usar adecuadamente el control parental sin impedir que tus hijos aprendan a autogestionarse
Las pantallas están por todas partes: clases virtuales, redes sociales, videojuegos, chats con amigos, vídeos. Para un adolescente, separar el ocio de la obligación se hace cada vez más complicado.
Para los padres, el reto no es menor, ya que se debe encontrar la manera de acompañar sin demonizar las pantallas, fijar límites sin generar conflicto y permitir libertad sin renunciar a un entorno de estudio productivo. La realidad es que no se trata de eliminar todas las pantallas, sino de gestionarlas con criterio, marcando tiempos, regulando el tipo de uso y alineando estos hábitos digitales con los objetivos de aprendizaje.
Un uso excesivo de pantallas en los adolescentes se asocia a un menor rendimiento académico, peor calidad de sueño, menor actividad física y más problemas de atención o salud mental. No todos los usos son iguales: hay que diferenciar el contenido que se consume, el contexto, el dispositivo y el momento.
¿Por qué las pantallas pueden interferir con el estudio?
El principal problema del uso excesivo de pantallas no es la tecnología en sí, sino la interrupción constante que genera. Los adolescentes estudian con el móvil al lado, con notificaciones, chats abiertos o pestañas en segundo plano. Esto fragmenta mucho su atención, provocando una sensación de productividad.
La multitarea digital que se da cuando se está estudiando pero a la vez saltando de un vídeo a un mensaje o a una búsqueda cualquiera, reduce la concentración profunda y alarga el tiempo real que se necesita para aprender. Distintos estudios han demostrado que la mera presencia del teléfono en la mesa ya puede disminuir el rendimiento cognitivo, aunque no se utilice.
A esta distracción hay que sumarle otro factor clave: el impacto que tiene en el sueño y la memoria. El uso de pantallas, sobre todo por la noche, altera la producción de melatonina y retrasa el descanso. Dormir mal no solo va a afectar al estado de ánimo, sino que también puede influir en la consolidación de lo que se ha aprendido. El cerebro necesita un sueño reparador para fijar los recuerdos. Los adolescentes que utilizan dispositivos justo antes de ir a dormir tienden a rendir peor, mostrar más cansancio matutino y tener más dificultades para concentrarse al día siguiente.
El tercer factor que hay que tener en cuenta es el desplazamiento de hábitos saludables. Cuanto más tiempo se pasa frente a pantallas, menos tiempo dedican a leer, moverse o interactuar cara a cara, tres actividades que alimentan la atención y la motivación. Ese tiempo que se dedica al móvil no solo roba minutos al descanso, sino que también reduce las oportunidades de desconexión real, muy necesarias para el bienestar emocional y cognitivo.
Hay que tener en cuenta que no todas las pantallas son iguales. Ver vídeos cortos de entretenimiento no tiene el mismo impacto que utilizar una aplicación educativa o ver un documental. La diferencia está en el contenido, el contexto y el momento. Se tiene que saber que las pantallas no son enemigas cuando se utilizan con propósito, lo pueden ser cuando invaden espacios que deberían estar reservados tanto para el descanso como para el estudio. Más que prohibir, se debería enseñar a distinguir cuándo y para qué deben ser utilizadas.
Cómo equilibrar pantallas y estudio
El equilibrio entre pantallas y estudio no se logra con prohibiciones, sino con límites claros y coherentes. La clave está en establecer rutinas negociadas con los adolescentes, no impuestas. Definir un horario de uso, acordar dónde se pueden y no utilizar, y respetar las pausas sin dispositivos. No hay que eliminar la tecnología, sino enseñar a utilizarla con sentido.
Una regla simple pero eficaz es priorizar el orden de las actividades: primero se estudia, luego se descansa y finalmente se pueden utilizar las pantallas para entretenerse. Dividir el tiempo de trabajo en bloques de 40 o 50 minutos con descansos cortos sin pantallas ayuda a mantener la concentración. Durante esos intervalos de descanso se recomienda que se levanten, se muevan o vayan a beber agua para “resetear” la mente.
Además, se aconseja que las notificaciones estén apagadas, dejar el móvil fuera del alcance de la vista como en un cajón o en otra habitación, o utilizar aplicaciones que bloqueen temporalmente las distracciones más comunes.
No hay que olvidar que las pantallas también pueden ser grandes aliadas en el aprendizaje si se utilizan de una manera activa y supervisada. Hay una gran diversidad de plataformas, videos educativos o aplicaciones de repaso que estimulan la curiosidad y permiten reforzar lo aprendido de manera visual e interactiva.
La diferencia está en el propósito: una pantalla utilizada para estudiar o crear contenido no tiene el mismo impacto que una que solo entretiene. El objetivo es que los adolescentes comprendan e integren esa diferencia para aprender a gestionarse.
Además, la gestión del tiempo digital debe ir acompañada de descansos reales y actividades fuera de la pantalla. Leer un libro físico, practicar deporte, tocar un instrumento o simplemente pasear al aire libre ayuda al cerebro a descansar de la sobreestimulación. La evidencia científica muestra que el contacto con la naturaleza y el ocio activo reducen en gran medida el estrés y mejoran la concentración.


