Santiago Ávila, antiguo directivo y profesor universitario: “Ahora la educación es un spa emocional”
El economista y formador publica ‘Tontocracia, en busca de la sensatez perdida’.
En este ensayo combate la mediocridad en la política, la empresa, la educación y la sociedad
En su ensayo ‘Tontocracia, en busca de la sensatez perdida’ (Vergara, 2026), el economista, profesor universitario y exdirectivo Santiago Ávila realiza una severa radiografía sobre cómo la mediocridad, la cultura del parecer y la pérdida de criterio se han instalado en las instituciones y en la vida cotidiana. Según sostiene el autor en esta obra, la sociedad actual ha comenzado a premiar la apariencia sobre el conocimiento real y el ruido sobre la reflexión, consolidando una dinámica colectiva en la que las respuestas fáciles sustituyen al pensamiento crítico.
En una entrevista con Noticias Cuatro, Ávila advierte de que el verdadero peligro contemporáneo reside en la estandarización de la mediocridad. A diferencia de épocas pasadas en las que el mediocre era apartado, hoy en día suele ser el perfil que triunfa en la política y en el mundo corporativo.
En el ámbito empresarial y político, esta deriva se manifiesta cuando los líderes prefieren rodearse de personas dóciles antes que de profesionales brillantes, ya que la competencia técnica de estos últimos resulta incómoda para los puestos de poder. Asimismo, el autor denuncia los artificios del marketing mentiroso, el discurso de la "felicidad laboral" envasada y la responsabilidad social corporativa performativa, a las que define como estrategias estéticas diseñadas para deslumbrar y ocultar carencias de fondo.
Uno de los diagnósticos más contundentes del texto se centra en el sistema educativo, al que señala como el primer escenario donde se observa esta degradación. Ávila denuncia la pérdida de respeto hacia la autoridad del profesorado, la implantación de la lógica del mínimo esfuerzo y la degradación de la exigencia académica. “Ahora la educación es un spa emocional”, alerta. “Es la primera vez que vemos a tantos titulados superiores que son analfabetos funcionales”.
Respecto al impacto de las nuevas tecnologías, el escritor subraya que la inteligencia artificial y las redes sociales no son la causa primaria, sino que operan como altavoces que amplifican un problema preexistente. Aunque reconoce el valor operativo de la tecnología, advierte contra la externalización del pensamiento: recurrir a herramientas digitales sin una base previa de conocimiento impide discernir la información veraz y genera titulados universitarios incapaces de interpretar un texto. De hecho, llega a calificar a la IA como un “psicópata antropológico” por su capacidad de calcular eficazmente sin experimentar empatía ni valores éticos.
Lejos de atribuir la culpa en exclusiva a las élites dirigentes, Ávila enfatiza que la ciudadanía es corresponsable de la ‘tontocracia’ al tolerar, premiar y votar comportamientos banales. A su juicio, la tontería avanza de manera paulatina cuando se le ceden espacios “por comodidad o cobardía”.
Frente a este escenario, el autor apela a la recuperación del libre albedrío, la ética del carácter y la responsabilidad individual como único camino para restaurar el sentido común. La solución pasa por formar ciudadanos exigentes consigo mismos, capaces de asumir la incomodidad del pensamiento propio y de romper el silencio frente a la mediocridad generalizada.
