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Diez años después, las heridas del 11-S están lejos de la Zona Cero

Vista de la Zona Cero de Nueva YorkReuters

Al Qaeda es una organización degradada porque mata a población local musulmana

La política antiterrorista de Obama no ha sido tan diferente a la que llevaba Bush

Diez años después, la violencia y la inestabilidad en Irak y Afganistán son permanentes

La Zona Cero de Nueva York cumple diez años desde que nació como un  montón de escombros y cenizas hasta hoy, transformado en un imán turístico así como emblema de la lucha contra el terrorismo global y homenaje a sus víctimas. Diez años después del 11-S, la 'guerra contra el terror' ha quedado en un segundo plano ante la importancia de la crisis global y del creciente papel de las potencias emergentes en el panorama mundial. La sociedad occidental, con el paréntesis del 11-M y el 7-J, vive un periodo de calma, sin que se perciban amenazas de grandes ataques. Al Qaeda, por su parte, sobrevive mermada en recursos y descabezada de su líder, mientras que otros grupos terroristas se abren paso entre el yihadismo. Solo dos enclaves en todo el mundo sobreviven lejos de superar la brecha marcada por el mayor atentado de la historia de Estados Unidos. Son Irak y Afganistán, que se espera luzcan libres de tropas estadounidenses a final de año y en 2014 respectivamente, pero que están lejos de ser los territorios estables y democráticamente adaptados que la administración Bush prometía dejar tras su intervención.
El 11 de septiembre de 2001 perdieron la vida en el ataque a Nueva York 2.974 personas, incluyendo 246 pasajeros de los cuatro vuelos secuestrados. De éstos, aún hay 1.121 personas que no han sido identificadas. La última identificación finalizaba hace tan sólo unas semanas con los restos de Ernest James, un hombre de cuarenta años que trabajaba como consultor de servicios profesionales en la empresa Marsh & McLennan, en la torre norte.

El entorno de los desaparecidos, aquellas víctimas que murieron sin dejar rastro, es uno de los núcleos que más problemas ha tenido para superar el 11-S. "Superar la pérdida de un ser querido de esa forma, cuando se ha esfumado, complica el proceso normal de duelo", explica el doctor Luis Rojas Marcos, ahora profesor de Psiquiatría de la Universidad de Nueva York y que durante el 11-S ejercía como responsable de hospitales públicos y miembro del Consejo de Emergencias de la ciudad. Rojas Marcos, quien trató personalmente el dolor masivo que envolvió a cientos de vidas truncadas, puede afirmar desde su experiencia que la mayoría de las víctimas han demostrado haber superado aquel momento traumático, y en la sociedad estadounidense sólo queda un aprendizaje, cuenta. "Han adoptado un sentimiento de vulnerabilidad, pues antes se sentían inmunes a cualquier ataque, y ahora el 'podría volver a pasar' forma parte de quiénes somos. No andamos con temor, pero hemos asumido que existe una incertidumbre con la que hay que vivir", resume Rojas Marcos.

El mismo Rojas Marcos recuerda aún algo encogido aquél fatídico 11 de septiembre de 2001. "Yo viví muy cerca el 11-S, de hecho estaba en una reunión cerca del World Trade Center, y me salvé de morir con los bomberos con los que había estado unos minutos antes por una casualidad, por entrar a otro edificio a hacer una llamada debido a que dejó de funcionarme el móvil", explica. "El impacto del atentado fue extraordinario entre las víctimas, pero también para medio mundo, porque fue retransmitido por televisión", una suerte de tragedia en directo con la que Al Qaeda contaba para estremecer a toda la audiencia.

El terrorismo internacional se reinventa

Aunque en la retina de medio mundo permanezca intacto el recuerdo de las colisiones de los aviones y el derrumbe de las Torres Gemelas, tras años sin amenazas islámicas en Occidente, y después de la muerte de Osama Bin Laden, la percepción del riesgo a nuevos ataques ha descendido entre la población, sin que ello signifique que la amenaza terrorista haya muerto. Itziar Ruiz Giménez, Doctora de Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid y ex presidenta de Amnistía Internacional España, cree que simplemente ha cambiado el foco de interés. "El creciente papel de las potencias emergentes y la crisis global ha situado en un tercer lugar la agenda antiterrorista, dejando ambos temas muy por encima de la seguridad estadounidense u occidental".

Fernando Reinares,
Catedrático de Ciencia Política y Estudios de Seguridad en la Universidad Rey Juan Carlos y miembro del Departamento de Prevención del Terrorismo de la ONU, asegura que Al Qaeda no tiene nada que ver con el grupo terrorista que era en 2001. "Al Qaeda es una estructura terrorista muy aminorada y degradada en sus capacidades, por lo que la eventualidad de un gran atentado perpetrado por ellos, únicamente por ellos, es muy baja", afirma.

Sin embargo, y a diferencia del 11-S, hablar de terrorismo global no es sólo hablar de Al Qaeda. "Ahora la amenaza procede de las extensiones territoriales de Al Qaeda en Irak, en Magreb islámico y península arábiga, así como de organizaciones vinculadas de uno u otro modo a Al Qaeda, desde Therik e Taliban Pakistan o la Unión de la Yihad Islámica hasta Al Shabaab en Somalia, así como por otro lado existen organizaciones terroristas independientes", describe Reinares, que aclara que Al Qaeda destaca como núcleo fundacional de todo este elenco de formas de terrorismo yihadista y que, unidas, sí podrían aumentar la probabilidad de atentados en Occidente.

La victoria más próxima, o en la que se centran ahora los Gobierno occidentales, es la de inhabilitar a Al Qaeda. Ganar la batalla a Al Qaeda supondría "quebrar la aureola de invencibilidad que rodea a la organización terrorista" y, además, "relocalizar el terrorismo yihadista", y es que Reinares defiende la idea de que, una vez vencida Al Qaeda, las extensiones territoriales del islamismo se centrarían en determinadas regiones, alejándose de una agenda global y facilitando el combate contra el mismo.

En este contexto, el último y más fuerte logro occidental ha sido el de  la muerte de Bin Laden, que representa un severo golpe a la estrategia de desgaste a Occidente que mantenía Al Qaeda desde 2004. "La muerte de Bin Laden es una derrota que se hace pública porque han acabado con su líder televisado, aunque se está demostrando que su papel no era ya tan importante dentro de la organización", remarca.

Desde el punto de vista de la sociedad estadounidense, el doctor Rojas Marcos cree en cambio que la ejecución de Bin Laden no ha tenido un gran significado para muchas personas, porque no habían personificado el 11-S en él. "El hecho de que al final de la película el malo pierda nos satisface, porque cuadra con nuestra visión de las cosas, por lo que para muchos ha representado un final, sino feliz, coherente, pero nada más", cuenta desde Nueva York.

Por su parte, Ruiz Giménez percibe que "en este décimo aniversario de los atentados están llamadas a chocar la alegría y euforia estadounidenses que surgen de haber acabado con Bin Laden con las voces críticas que cuestionan la forma en la que éste murió".

Efectos y evolución de la 'guerra contra el terror'

Veintiséis días después de los atentados, Estados Unidos declaró la guerra al terrorismo y atacó Afganistán, conflicto al que dos años después se uniría la invasión de Irak. Hoy, las Fuerzas Armadas estadounidenses suman 3.652 días de guerra: 100.000 hombres continúan desplegados en Afganistán y 50.000 en Irak, las operaciones han costado hasta el momento 1,2 billones de dólares y la vida de más de 6.000 militares.

"En un principio hubo una etapa, con Bush, de lucha unilateral contra el terrorismo internacional, en el que se legitimaba el uso de la fuerza, y cuyos objetivos primaron sobre los derechos civiles", explica Ruiz Giménez, que destaca que esta agenda antiterrorista contó en sus primeras andadas con el apoyo de la sociedad del país.

La brecha del amparo a esta política de la Administración Bush se cristaliza con Irak, afirma Ruiz Giménez, que explica que "la búsqueda de inexistentes armas de destrucción masiva en Irak supuso una merma de legitimación a nivel internacional de EEUU".

En los mismos términos habla desde el Departamento de Prevención del Terrorismo Fernando Reinares, que asegura que "el gran exceso en la guerra contra el terror fue la invasión de Irak, que resultó altamente contraproducente", aunque reconoce que desde el año 2007 se han revertido los errores en gran medida, haciendo su lucha más focalizada, en este caso contra Al Qaeda y no contra todo el terrorismo islámico, y más proporcionada.

Según Reinares, en los últimos 10 años los gobiernos occidentales han introducido una gran relación de herramientas para acabar con el terrorismo internacional, "y todas ellas dentro del Estado de derecho, lo que no quiere decir que no se hayan producido excesos, como Guantánamo o las cárceles secretas".

"Obama no ha resuelto los problemas heredados de Bush, pero rompió con la cruzada antiterrorista emprendida, por lo que sí marcó un primer paso para lavar la cara a EEUU, aunque va a llevar mucho tiempo", explica Ruiz Giménez.

"No tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que el ojo por ojo nos deja ciegos a todos. Esas humillaciones, o las torturas, todo lo relacionado con Guantánamo provocó un rechazo en la gente normal y corriente, e incluso la elección de Obama, siendo de raza negra y raíces africanas, fue en cierta manera una respuesta opuesta a la venganza, a la prepotencia y al nacionalismo exacerbado", repasa Rojas Marcos cuando recuerda la victoria del atractivo Barack Obama en las elecciones Presidenciales de noviembre de 2008.

Por su parte, Fernando Reinares insiste en que la política antiterrorista de Obama no ha cambiado tanto como parece respecto a la de Bush. "Desde que llegó al poder el uso de misiles no tripulados se ha incrementado, Guantánamo sigue abierta y las cárceles secretas continúan funcionando. Su giro únicamente pasa por repensar la estrategia militar en Irak y Al Qaeda, cosa que responde a compromisos más bien políticos, y en centrar su lucha sólo en Al Qaeda".

A pesar de EEUU, la lucha de Occidente contra Al Qaeda no es la principal razón de su decadencia. "Es importante señalar que la mayoría de las víctimas de los ataques de la organización son miembros de la población local musulmana", subraya Reinares. Al Qaeda mata en Afganistán, Pakistán, Irak, Somalia y Argelia, lo que ha hecho que caiga su popularidad en estas regiones. "Su forma de actuar ha hecho que desciendan los fondos de donaciones voluntarias y que figuras representativas en el mundo musulmán critiquen sus actuaciones", lo que merma significativamente su papel.

La cuenta pendiente del 11-S

Al margen de las miles de tragedias personales que provocaron los secuestros de cuatro aviones de línea, cada uno de ellos con un piloto suicida a bordo, el mazazo al World Trade Center parece no haber marcado un antes y un después en la historia tan significativo como se pensaba.

"El 11-S no introdujo cambios trascendentales en la configuración del mundo, como por ejemplo sí motivó la quiebra de Lehman Brothers y la crisis global de la que marca un inicio", opina Fernando Reinares, que cree que el único impacto de los atentados, salvando las víctimas, ha sido el fomentar que los Gobiernos cuenten con políticas de seguridad dedicadas a la prevención costosas e importantes, pero que desde luego no supuso una brecha económica, política ni social.

Entre la sociedad estadounidense, explica el doctor Rojas Marcos, se encontraron importantes reacciones racistas hacia los musulmanes, cosa que ha ido disminuyendo, aunque "continúa latente una cierta demonización hacia todo el que viene de esa zona del mundo". Al margen de esto, "el paso del tiempo ha disminuido los miedos y fortalecido la seguridad de las personas", de modo, describe, que la ciudad de Nueva York, y Estados Unidos, han vuelto poco a poco a lo que eran, su gente a vuelto a ser lo que era antes, aunque "tomando conciencia del por qué nos odian, por qué nos han podido odiar, y por qué no somos tan poderosos como creíamos".

La mayor cuenta pendiente del 11-S se encuentra lejos de la Zona Cero, en Irak y Afganistán, donde los focos de violencia y la inestabilidad son permanentes. La victoria de  Barack Obama llegó unida a la firme intención de paliar los efectos más radicales de la cruzada antiterrorista y con una clara estrategia de salida de Irak y Afganistán . La promesa es abandonar Irak a final de año y Afganistán para 2014, si bien los plazos responden a planes políticos más que a proyectos verídicos para conseguir lo prometido. "Obama se encuentra en una tesitura difícil, pero a su favor juega el que no exista una gran controversia en Europa sobre el cómo y cuándo debe retirar sus tropas, sino cierto consenso sobre la dificultad de la situación", recalca Ruiz Giménez.

Estados Unidos asestó un certero golpe al régimen talibán en Afganistán en los primeros meses de su aterrizaje en el país, pero precisamente el dividir a sus tropas para dirigirlas a Irak hizo imposible mantener la seguridad de la población ante la multiplicidad de ataques que la insurgencia afgana asestaba a su propio pueblo. El Gobierno estadounidense consiguió capturar y ejecutar a Sadam Hussein -aún sin pruebas de que tuviese en su poder armas de destrucción masiva-, asiste confiado a la decadencia de Al Qaeda mientras se centra en la crisis financiera global que amenaza su economía, y sabe que su ciudadanía ha conseguido pasar página. Aunque su gestión del 11-S dista mucho de ser sobresaliente, han superado el golpe con dos únicas manchas en el expediente, los daños colaterales en los que se han convertido Irak y Afganistán.