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En busca del Grial: ¿Dónde se encuentra el cáliz que Jesús empleó en la última cena?

Muchos especialistas aseguran que el cáliz que está expuesto en la Colegiata de San Isidoro en León y que era conocido como el de Doña Urraca, es en realidad el verdadero Santo Grial que el nazareno empleo en la última cena y con el que se recogió su sangre de la cruz.

El hallazgo de unos antiguos pergaminos en una biblioteca de El Cairo ha cambiado el curso de la Historia, convirtiendo a esta modesta copa de ágata adornada con las joyas de Doña Urraca en la reliquia más anhelada por el cristianismo. Un tesoro perseguido desde los albores, al que se le atribuyen impresionantes poderes y cuyo significado y misticismo, está repleto de claves ocultas
Hace mil quinientos años Jerusalén custodiaba un modesto vaso de Ágata que la historia identificaba con el Santo Grial, la copa que el nazareno empleó en la última cena, y con la que se recogió su sangre en la cruz.
Se trata, sin lugar a dudas, de la reliquia más anhelada por la cristiandad. Según un documento, hasta ahora inédito, ese tesoro, un poderoso amuleto al que la tradición ha otorgado poderes sobrehumanos, está hoy en la Colegiata de San Isidoro en León.
"Desde el año 400, con certeza y aseverándolo, hasta el S.XI estuvo en Jerusalén. Evidentemente antes del 400 no podemos tener esa seguridad", asegura la profesora titular de Historia de la Universidad de León, Margarita Torres.
Ante la terrible hambruna vivida en Egipto en el S.XI, su califa pidió ayuda a otros califas musulmanes. En la Península Ibérica, el emir de Denia respondió generosamente a la llamada de auxilio, a cambio solicitó a El Cairo que le compensaran con el cáliz conservado en Jerusalén. Una vez en su poder, el emir se lo entregó como tributo a uno de los reyes más importantes de la cristiandad, Fernando El Grande, rey de León. Este lo custodió como su más preciado tesoro.

Hoy, el modesto vaso de Ágata está guardado en un relicario de oro y piedras preciosas formando una ostentosa copa, las joyas que Doña Urraca, hija de Fernando El Grande, cedió para custodiar uno de los tesoros más buscados por la cristiandad.