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'Gran Canaria al límite' en Callejeros

Primeras fotos de 'Gran Canaria al límite'cuatro.com

La isla se convierte cada verano en un hervidero de turismo que exprime las vacaciones hasta las últimas consecuencias.

En el interior de la ciudad de las Palmas, la calle Molino de viento es el lugar elegido por algunas mujeres para prostituirse. Allí asoman su cuerpo a la ventana de las puertas de las casas bajas mientras los curiosos clientes charlan con ellas. “La habitación son 5 ó 6 euros los 15 minutos, y luego ellas cobran el servicio a 50 ó 60”, cuenta Gregorio, el dueño de un piso que alquila los cuartos por horas. 
Son casas terreras de una planta que se construyeron hace 200 años. “Yo también tengo sexo por la mañana, por la tarde y por la noche”, alardea orgulloso mientras recorre su vivienda convertida en un lupanar. Tiene una barra y las paredes forradas de chicas que han sido “sus amigas”.
A pocos metros, en las Canteras, la playa de la capital, cientos de canarios celebran la noche de las hogueras de San Juan. “El año pasado quemé una factura de teléfono y gané un pleito”, contaba jocoso un señor.
Comen, beben y ríen la noche más corta del año. En el sur de la isla, en Maspalomas, mientras algunos homosexuales se pierden entre los matorrales buscando un rato de placer en la zona de cruising,-  el acto de buscar sexo en lugares públicos- un grupo de amigas abre su tartera y ofrece pimientos regados con cerveza a los forasteros. Están pasando un estupendo día de sol y playa.
Por la noche, botellón, fiesta y alegría en la zona más movida de San Bartolomé de Tirajana. “Me caso el 13 de julio”, cuenta un joven que apura sus últimos días de soltería en la isla. El parking de una discoteca dance es el lugar elegido por un grupo de jóvenes para sacar su mercancía. “Viva el cristal” grita uno mientras otro se prepara una raya con la tarjeta de un gimnasio.  
Maria Jesús echa un vistazo al loro que le arañó la mano mientras rellena la tartera con un filete empanado. “Me llevo 8 euros a la playa”, cuenta mientras agita el monedero. Ella y su grupo de amigas baja cada día a la playa a jugar a la barajita, una especie de bingo casero. “Cada cartón cuesta 50 céntimos”, cuenta una de las jugadoras.
Esta playa insular es un crisol en el que se mezclan jóvenes que hacen saltos mortales, mujeres que toman el sol plácidamente en la playa, o una señora que hace equilibrismo con una botella en la cabeza y varias pelotas en los brazos. Freddy busca monedas con sofisticado aparato en el fondo de las aguas “estoy sin blanca”, necesito dinero, cuenta entre chapuzón y chapuzón.
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