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Callejeros 'Cuerpo a tierra'

Para unos son lugares de recreo. Para otros, una oficina de trabajo. Algunos lo han convertido en su casa o, incluso, en un refugio “anti enemigos”. 

Se les conoce como los topos, pero son de carne y hueso. La Unidad de Subsuelo del Cuerpo Nacional de Policía previene atentados y sabotajes en los más de mil kilómetros que comprende la red de alcantarillado de Madrid. “Con un par de bocanadas de dióxido de carbono, puedes caer inconsciente en el momento”, relata Raúl, subinspector jefe del grupo, mientras recorre galerías y colectores repletos de ratas, cucarachas y aguas residuales a veinte metros bajo tierra de la madrileña plaza de Santo Domingo.
Hay quienes prefieren protegerse ellos mismos, sin recurrir a las Fuerzas de Seguridad del Estado. En un hotel de Talavera de la reina, el abuelo de Beatriz y Dolores, construyó  el mayor bunker antiatómico privado de nuestro país. “Mi abuelo tenía mucho miedo a la muerte. Lo pasó muy mal en la Guerra Civil”, confiesan sus nietas más de treinta años después, rodeadas de las 2.500 toneladas de hormigón y las nueve puertas de más de 2.000 kilos que blindan el refugio que salvaguardaría su integridad en caso de amenaza nuclear. “Chernobil no es nada con lo que están preparando ahora”, se sincera Beatriz mientras su hermana asiente: “La onda expansiva de una bomba que cayera en Madrid, aquí repercutiría”.
¿Y si la amenaza no fuera atómica sino una gran invasión de muertos vivientes? A 50 km de Barcelona se localiza el único refugio anti zombie de España y, probablemente, del mundo. Accedemos a él en el VAZ, vehículo anti zombies, un todo terreno adaptado con una coraza de acero de 400 kilos para abrirse paso entre hordas de no muertos. “Este bunker está preparado para que seis personas sobrevivieran a un holocausto zombie durante un año”, señala Marc, mano derecha del dueño y constructor.
Inconscientemente, pasamos gran parte de nuestro tiempo bajo tierra. Más de dos millones de viajeros recorren diariamente los 292 kilómetros de red de Metro de Madrid en los 308 trenes que circulan en hora punta. Diez metros por debajo de la parada del barrio vallecano Alto del Arenal, cerca de un centenar de personas velan por nuestra seguridad en el Centro de Control suburbano madrileño. “Es durísimo ver cómo una mujer se cae a las vías de un tren y es rescatada por un policía segundos antes de ser arrollada por un tren”, apunta uno de sus trabajadores.
 
 
Famosa por sus vinos, la localidad de Haro concentra el mayor número de bodegas centenarias de nuestro país. Crianzas y grandes reservas descansan en los más de 3.700 metros cuadrados de calados y cobertizos de la bodega subterránea más grande de La Rioja. Debajo de décadas de telarañas, Julio Cesar López de Heredia, biznieto del fundador, muestra su tesoro: “En este cementerio duermen grandes reservas de 1920, que pueden superar los 3000 euros la botella”.
Otras personas eligen las entrañas de la tierra como modo de vida. En Granada, el municipio de Guadix, alberga la mayor concentración de casas cueva del mundo. Una de sus tres mil viviendas subterráneas es un monasterio cueva habitado por cuatro frailes. Les llaman “fosores” porque cavan fosas y se dedican enterrar cadáveres. “La primera vez que dormí en un cementerio, me dio cosa”,  afirma José, quien a sus treinta y tres años lleva sólo cuatro meses preparándose para ser fraile.
La muerte también está muy presente en un grupo de espeleólogos que se adentra en las profundidades de la rondeña Cueva del Gato. “Aquí han fallecido varias personas al intentar cruzar los cuatro kilómetros de río subterráneo que han ido horadando este macizo desde hace más de ciento cincuenta millones de años”, alerta Manuel, director de la expedición. Tras más de ocho horas de aventura a doscientos metros de profundidad y tras haberse enfrentado al vértigo de paredes verticales y a la claustrofobia de gateras de treinta centímetros de ancho, el reportero aporta su opinión: “Nunca he estado en un sitio peor que éste. Es como ser enterrado vivo”.