La vivienda, un problema que ya no entiende de edades ni territorios

La vivienda, un problema que ya no entiende de edades ni territorios
Las familias ya no se pueden permitir una vivienda. Noticias Cuatro
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Alexandra y Miguel Ángel tienen más de 40 años. Se conocieron en la adolescencia y hoy viven con sus dos hijas en un piso del sur de Madrid. Viven en una casa de dos dormitorios, que se les queda pequeña.

Encontrar una vivienda más grande supondría alejarse de la ciudad y asumir desplazamientos de más de media hora en coche. Después de décadas trabajando y formando una familia, sienten que acceder a una casa adecuada se ha convertido en una carrera cada vez más difícil porque han cumplido con su obligación de buen ciudadano: trabajar y trabajar. «Te sientes frustrada», reconoce Alexandra.

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La situación contrasta con la que vivieron sus padres. La vivienda se ha encarecido más deprisa que los salarios y, para muchas familias, independizarse o ampliar su hogar se ha convertido en un objetivo que se retrasa cada vez más.

En los años 80, una vivienda costaba de media el equivalente a unos tres años de salario bruto integro y , de media, se compraba alrededor de los 27 años. Ahora, la edad media se sitúa en torno a los 41 años y el esfuerzo de ahorro puede alcanzar el equivalente a ocho años de salario bruto.

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La presión no afecta únicamente a quienes buscan una vivienda para vivir. También empieza a tener consecuencias sobre las empresas, especialmente en las zonas turísticas, donde encontrar trabajadores que puedan permitirse vivir cerca del puesto de trabajo es cada vez más complicado.

El precio de la vivienda ha subido un 30% más que los salarios

En Fuengirola, Málaga, el problema también se deja notar. Francisco García, director de Bioparc Fuengirola, asegura que la situación ha empeorado especialmente en los últimos años. «A nosotros el problema de la vivienda nos afecta muchísimo. Es terrible. Porque nos cuesta contratar sobre todo en los perfiles más básicos, ya que por el precio de la vivienda no se pueden permitirse estar cerca del trabajo”,  explica.

El problema, señala, está en la distancia entre los salarios y el precio de los alquileres. En apenas ocho años, el coste de la vivienda ha aumentado alrededor de un 30% más que los salarios.

Y la presión inmobiliaria no se limita al sur. Se extiende de norte a sur de la Península.

En los territorios turísticos, el alquiler de temporada y los pisos destinados al uso turístico forman parte del debate. Las plataformas y colectivos de vivienda reclaman medidas para aumentar la oferta residencial y limitar los usos que compiten con el alquiler habitual.

Entre las propuestas está también penalizar fiscalmente las viviendas vacías, como ya ha planteado algún ayuntamiento.

Pero aplicar estas medidas no siempre resulta sencillo. Carlos Serrano, alcalde de Jaca, cuestiona la posibilidad de incrementar el impuesto sobre las viviendas que permanecen vacías.

«Eso es un brindis al sol. Primero, porque ¿cómo demuestras que la vivienda está vacía?, basta con dejes la luz encendida o un grifo abierto para justificar que la vivienda está siendo usada”.