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Un mal chute de endorfinas

runner, Nueva York,Cordon Press
Algunas adicciones dan mucha risa, otras dan miedo. Nos partimos con alguien que se come la tiza a puñados y nos ponemos a temblar ante un adicto al sexo, pero las dos son igual de nocivas para quienes las sufren y para quienes les rodean.  Sin embargo, las más terroríficas son las adicciones recién llegadas, las que anidan entre nosotros sin despertar todavía el interés clínico suficiente.  La adicción al running es una de ellas.  Oficialmente no existe, pero está ahí.
Para el psicólogo José Antonio Molina, se trata de una adicción sin sustancia, como la vigorexia, y como cualquier otra adicción experimenta las fases características de dependencia, tolerancia y abstinencia.  Su colega Virginia Antolín le pone cifras:  el 18% de quienes practican deporte con asiduidad tienen algún grado de adicción. Su tesis doctoral Adicción al deporte: estandarización de la escala de detección SAS apunta una especial prevalencia entre los corredores;  junto a los jugadores de golf, son los que más se enganchan.  El proceso siempre es el mismo: empezamos por placer;  luego nos atraer mejorar la belleza física, el bienestar o relacionarnos con otras personas; pero al final aparece el abuso y la necesidad de hacer deporte a toda costa, aunque sepamos que puede perjudicarnos.
Cuando empieza la dependencia, el running-adicto se juega su salud por un subidón de endorfinas.  La psicóloga deportiva Montserrat Ferraro opina que al trabajar la resistencia física desarrollamos un patrón mental que nos invita a ir más allá y a superarnos cada vez más.  El placer que proporcionan las endorfinas crea una expectativa saludable, aunque en realidad nos conduzca a un laberinto del que es difícil salir, porque siempre queremos más; nada es suficiente.
Haruki Marukami,
Y llega el decaimiento. Haruki Murakami lo llama runner´s blue: "la tristeza del corredor". Le sobrevino tras afrontar una ultramaratón de cien kilómetros.  En De qué hablo cuando hablo de correr lo resume así: "Tal vez, para decirlo con pocas palabras, me había hartado un poco de correr. Había corrido demasiadas distancias durante demasiado tiempo".
Hay alarmas que nos indican que estamos entrando en el lado oscuro, en el reservo tenebroso.  Algo no va bien cuando correr eclipsa todas nuestras actividades o cuando renunciamos a ciertas cosas por no perder un entrenamiento o cuando el trabajo es "ese lugar en el que pasamos el rato, antes de ir a correr". O cuando el placer se convierte en obligación:  sé de obsesos que tras una larga jornada laboral han acabado el día corriendo en una habitación de hotel;  o aprovechando el retraso de un vuelo internacional para trotar media hora por los pasillos del aeropuerto;  o haciendo tres sesiones   de 15 minutos porque no podían hacer una sola de 45. (No, ninguno de ellos soy yo, aunque todos tenemos un pasado, ¿no?).
Un atleta sobreentrenado es un atleta hundido, física y psicológicamente, un nido de lesiones, fatiga crónica, trastornos del sueño…  Como en casi todo, conviene priorizar la calidad frente a la cantidad. El lema "menos es más" nos llevará muy lejos. Porque, pese a lo que cuenten por ahí, perder la forma no es tan fácil.  En un aficionado, la capacidad aeróbica no comienza a resentirse hasta la segunda semana de descanso; y no perderemos masa muscular hasta la cuarta semana de inactividad
En todo caso, más vale perder la forma que perder la cabeza. Mejor empezar de cero tras un parón, que acabar en una reunión de "Corredores Anónimos" diciendo aquello de "Me llamo X y soy adicto al running".
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