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Un estudio confirma que la sangre de los dinosaurios no era ni fría ni caliente

Un estudio confirma que la sangre de los dinosaurios no era ni fría ni calienteInformativos Telecinco

Científicos estadounidenses han propuesto una teoría que establece que la sangre de los dinosaurios no era ni fría, como se pensaba antes, ni caliente, sino que tenía una temperatura intermedia entre estos dos extremos. Tras estudiar los restos de casi 400 animales, un equipo de investigadores de la Universidad de Nuevo México, EE.UU., ha revelado que los dinosaurios, por su parte, igual que algunos tiburones, atunes y grandes tortugas marinas, podían aumentar por sí mismos la temperatura de su cuerpo pero no mantenerla a un nivel adecuado.

En un estudio publicado en la revista 'Science' los investigadores explican que los animales de sangre caliente son mucho más activos que los ectotermos y se desarrollan más rápido mientras que los de sangre fría requieren menos energía por su lentitud y baja actividad y no pueden alimentarse en condiciones de bajas temperatura.
Si pensamos que los dinosaurios tenían la sangre fría, como indica una teoría anteriormente aceptada, el enorme tiranosaurio Rex, por ejemplo, "habría muerto de hambre" por la falta de las energías necesarias para poder conseguir alimentos., así lo recoge Russia Today.
Tras estudiar los restos de casi 400 animales, un equipo de investigadores de la Universidad de Nuevo México, EE.UU., ha revelado que los dinosaurios, por su parte, igual que algunos tiburones, atunes y grandes tortugas marinas, podían aumentar por sí mismos la temperatura de su cuerpo pero no mantenerla a un nivel adecuado. 
 De acuerdo con los científicos, la temperatura corporal de los animales ectotermos (de sangre fría) se condiciona por el entorno, mientras que la de los endotermos (de sangre caliente) por su propio metabolismo.  
La cuestión de la temperatura de la sangre de estos gigantes extintos hace más de 135 millones de años es una incógnita que persigue desde hace décadas a los paleontólogos. Según los científicos de Nuevo México, este conocimiento podría permitirnos saber más sobre los complejos ecosistemas del mesozoico.