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El fin de la buena estrella de David Cameron

El referéndum del Brexit ha desgastado a David Cameron y la pérdida del 'no' a la salida de Europa con un 48% de votos, frente al 52% de los británicos que apuestan por salir de la UE, han llevado al Primer Ministro del Reino Unido a dimitir de su cargo.

Un giro del destino ha querido que la buena estrella de David Cameron (Londres, 1966) se haya apagado por la obsesión que había prometido sofocar en su partido. La relación con Europa se ha consolidado como uno de los esqueletos en el armario de Downing Street para los primeros ministros conservadores de la historia reciente.
Si para Margaret Thatcher había supuesto el final de su estancia en Número 10 y John Major vio cómo las negociaciones de Maastrich iniciaban su ocaso, Cameron completa ahora el tríptico tras un referéndum que ha cambiado para siempre el proyecto comunitario.
La convocatoria, auspiciada por la presión interna, más que por un clamor popular, suponía el más difícil todavía, tras una cadena de apuestas arriesgadas que habían convencido al autodenominado 'heredero natural del estilo de Tony Blair' de su infabilidad.
Una campaña enrocada en estadísticas de difícil digestión para el ciudadano y su fallo de cálculo a la hora de calibrar el rechazo que Bruselas provocaba en la ciudadanía lo hará figurar en los libros de historia como el primer mandatario que rompió con la Unión Europea.
Su dimisión esta jornada pone un abrupto final a una brillante carrera política en la que, en poco más de diez años, pasó de ser prácticamente un desconocido a convertirse en un dirigente conservador con atrevimiento para gobernar en coalición, poner en jaque a la unidad británica y, en última instancia, zanjar un debate con Europa que se ha saldado con un billete de ida hacia territorio desconocido.
El margen de maniobra que había ganado el pasado año por primera vez tras un lustro en un bipartito con los liberal-demócratas había abierto una luna de miel que duró tanto como tardaron en llegar las negociaciones en Bruselas para garantizar un nuevo estatus para Reino Unido en los Veintiocho.
Su mayoría absoluta había coincidido con el aniversario de su década al frente del Partido Conservador, un hito tan inesperado por entonces como la hegemonía obtenida en las generales de mayo de 2015 y, para algunos, como el Brexit hoy confirmado.
Líder
Elegido con 39 años para liderar una formación por entonces rota y pese a no figurar entre los favoritos, su promesa de "inspirar a una generación" y un estilo que se alejaba de los cánones de una formación necesitada de desmarcarse del 'nasty party' (el partido desagradable) lo auparon a un liderazgo marcado por su ambición de modernizar la marca 'tory'.
Diez años después, en la historia moderna británica tan sólo tres primeros ministros conservadores han superado a Cameron en tiempo en el poder, entre ellos, Winston Churchill y Margaret Thatcher.
Su estreno en el poder supuso la primera coalición en Reino Unido desde la II Guerra Mundial, por lo que las expectativas de este segundo mandato, en el que tenía la oportunidad de gobernar como 'premier' de un gabinete íntegramente conservador, han quedado hechas trizas contra el muro comunitario. Sus prioridades en este segundo y, según había confesado, último mandato, eran resolver las carencias de vivienda, la reforma del modelo de asistencia social y del sistema sanitario -"el trabajo de su vida", según aseguraba-.
Sin embargo, el referéndum ha hecho que se le agote el tiempo. La suerte que lo había acompañado en el plebiscito de Escocia y el año pasado, en unas elecciones que ni encuestas, ni historia le daban a su favor, no lo ha acompañado en esta ocasión. La responsabilidad, con todo, empieza y acaba en el primer ministro más joven desde 1812, quien cedió a presiones internas para una votación que le ha reventado en las manos.
Entre las luces de su trayectoria están la eliminación parcial de la toxicidad de la 'marca tory', ya que si bien en los últimos cinco años ha conseguido dar luz verde a leyes como la del matrimonio homosexual, una gran parte de la ciudadanía nunca ha dejado de identificarlo como representante de una minoría privilegiada, incapaz de entender los problemas del británico de a pie.
Perfil
Su perfil no ayuda: hijo de un corredor de bolsa, estudió en el exclusivo colegio de Eton y durante su etapa en Oxford, donde se licenció en Filosofía, Política y Economía, perteneció al elitista Bullingdon Club, un colectivo formado por los estudiantes de las familias más acomodadas conocido por su comportamiento extremo.
Casado con la hija de un aristócrata, actualmente tiene tres hijos, después de que en 2009 perdiese a su primogénito, Ivan, afectado de una severa discapacidad de nacimiento. La más joven, Florence, nació en 2010, cuando Cameron se había mudado ya al número 10.
Su relación con los conservadores comenzó nada más acabar la universidad, cuando se incorporó al Departamento de Investigación del partido y si bien este vínculo se vio interrumpido en los siete años que ejerció como jefe de Relaciones Públicas de la firma de publicidad Carlton, ya en 2001 se había asegurado un asiento en Westminster por la circunscripción de Witney, uno de los bastiones 'tories' más seguros.
Su ascenso fue meteórico, tan sólo necesitó de cuatro años para ponerse al frente de la formación, un salto que completó después de la tercera derrota electoral consecutiva, cuando pasó de ser prácticamente un desconocido a la gran esperanza blanca de los conservadores. Desde el principio, intentó proyectar una imagen de modernización, incluyendo apuestas como la sostenibilidad, pero la vieja guardia del partido ha complicado sus años en el poder.
Su caída, irónicamente, ha sido igual de vertiginosa, puesto que, aunque desde el inicio de la carrera del referéndum había asegurado que no dimitiría en caso de salida, su implicación personal en la campaña y el desgaste sufrido lo han convencido de que "el país necesita un nuevo liderazgo".
"No es una decisión que haya tomado a la ligera", ha declarado, pero tras la "muy clara decisión" del electorado, no se considera "el capitán para pilotar este barco a su próximo destino", en dirección de salida del bloque comunitario.
"Luché sólo como sé: diciendo directamente lo que siento y pienso, con la cabeza, el corazón y el alma y siempre fui claro sobre mi creencia de que Reino Unido sería más fuerte, más seguro y estaría mejor en la UE", ha defendido tras una batalla que, lejos de rebajar la temperatura interna, ha dividido notablemente a unos conservadores que, ahora, deben elegir a un nuevo líder a tiempo para el congreso conservador de octubre.