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Crítica de El hombre de las mil caras: Paesa de mi vida

"Los espías españoles no viajamos con pistola, viajamos con chequera". Esta frase incluida en el libro de Manuel Cerdán y que Alberto Rodríguez decidió ex profeso trasladar literalmente al libreto de El hombre de las mil caras resume casi a la perfección lo que el director sevillano se propuso -y ha conseguido- al meterle mano a uno de los episodios más rocambolescos de la España de los noventa: huir de estridencias y efectismos para armar un thriller contenido, sombrío y tenso en el que todo funciona como un reloj... suizo, claro.
Una cinta que, partiendo de hechos reales y friccionando los muchos espacios en blanco que dejó esta inverosímil historia, reconstruye el papel que en el mediático caso Roldán jugó el exespía español Francisco Paesa, desde la huída del por aquel entonces Director General de la Guardia Civil hasta su obscura entrega a las autoridades españolas pasando por su escondite en París y por la desaparición de aquellos famosísimos 1.500 millones de pesetas que Roldán se afanó de los Fondos Reservados del Estado.
https://www.youtube.com/watch?v=wTqsaZ79xk8
Materia prima de primera con la que, tras maravillar con aquella joya ganadora de diez Premios Goya que fue La isla mínima, Rodríguez realiza un encomiable ejercicio de síntesis cinematográfica para volver a dibujar una casi perfecta radiografía de otra época muy concreta y convulsa de nuestra historia reciente. Una época en la que el mentiroso, el opaco, el vil, era poco menos que aplaudido como héroe en las plazas mientras compartía portadas de revistas con toreros, futbolistas y folclóricas. 'Escribe un libro, planta un árbol, ten un hijo... y defrauda' era el 'karma' de aquellos noventa en los que, invocando a la tan dañina picaresca española, se esbozaba una media sonrisa cómplice ante no pocas barrabasadas que iban día tras día acaparando telediarios y periódicos.
Un escenario ideal para que los más caraduras, como Roldán, se lo intentaran llevar todo y los más listos, esos que parecen ir siempre un paso por delante del resto, como el enigmático Paesa, se lo llevaran. Ambos, interpretados por unos ENORMES Carlos Santos y Eduard Fernández, respectivamente, son las dos caras de la misma moneda, de aquella España que no fue otra cosa que los polvos del lodazal en el que andamos ahora metidos. De aquella España que, salvo en el cine, no queremos volver a ver... pero que también es nuestra.