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Crítica | Animales nocturnos: diseño, venganza y desesperación

En su segundo trabajo tras las cámaras, después de firmar en 2009 la notable Un hombre soltero, Tom Ford sube su apuesta cinematográfica con Animales Nocturnos, una cinta basada, muy libremente en algunos de sus tramos y elementos, en la novela de Austin Wright, en la que arma un cautivador y desasosegante thriller oscuro y romántico con un reparto colosal.
La infeliz pero lujosa y superficialmente modélica vida de la galerista Susan Morrow (Amy Adams) y la conmoción que la novela que está a punto de publicar su exmarido genera en ella sirven a Ford para jugar hábilmente con la realidad, la ficción y los recuerdos, y poner sus innegables talentos estéticos al servicio de una historia de trasfondo literario, referentes 'lynchianos' y enormes pretensiones en la que mezcla la aséptica, sofisticada y vacía estética de un mundo que conoce tan bien como la palma de su mano -el del arte moderno y el culto a la imagen- con la suciedad y violencia de un terrible y salvaje relato ambientado en mitad de una nada en la que solo hay desierto, polvo, depredadores y desamparo.
Y aunque esta mezcla de opuestos ofrezca, casi inevitablemente, tramos irregulares, y a pesar también de la reincidencia de Ford en algunos paralelismos visuales demasiado obvios, en comparación con el resto del conjunto, lo cierto es que el cineasta y diseñador logra desarrollar, con calculada parsimonia, su doble empeño de forma envolvente e hipnótica pero a la vez fría y desasosegante.
Sensaciones de nuevo encontradas -y de nuevo buscadas- a las que consigue llegar en buena medida gracias los titánicos trabajos de Amy Adams, Jake Gyllenhall, Michael Shannon y Aaron Taylor-Johnson y tras las que el vacuo lujo moderno y el yermo salvajismo desembocan, venganzas mediante, en despiadada y fatalista desesperanza.