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Kenzo, Felipe-Chantal-Chance, Rufo

Tres nuevos casos para Borja Capponi, el experto en conducta animal de Malas pulgas.
EL FESTIN DE KENZO
En El festín de Kenzo, el primer caso de la noche, Kenzo es un beaguel que vive con Remedios, Antonio y el hijo de ambos, Juan Antonio. El joven estuvo ahorrando hasta que consiguió el dinero suficiente para cumplir uno de sus mayores deseos: tener un beaguel. Pero la vida con Kenzo se ha convertido en un pequeño infierno, y todo debido a su insaciable ansia por comerse absolutamente todo. No solo no les deja comer tranquilos en casa (les ha llegado a tirar del mantel hasta conseguir que todo caiga al suelo), sino que Remedios tampoco puede cocinar tranquila. En cuanto se descuida se come lo que está en la encimera o se pone a lamer los platos del lavavajillas. También se come su cama, los zapatos y zapatillas de los dueños y hasta el mando de la wii de Juan Antonio. Si el perro no cambia han decidido dejarlo en el pueblo de los abuelos. Para enseñar modales a Kenzo, Borja muestra a Juan Antonio cómo reclamar las cosas que normalmente devora Kenzo. Para ello se convertirán en dos perros y enseñarán a Kenzo a respetar las cosas y la comida de los miembros de la familia. Cuesta un poco que Kenzo entre en razón, pero finalmente Remedios observará asombrada cómo puede preparar comida en la cocina mientras el perro observa sentado desde su sitio.
FELIPE, CHANCE Y CHANTAL: AQUÍ NO HAY QUIEN VIVA
Más tarde, Borja se enfrenta a Felipe, Chancé y Chantal y su particular versión de Aquí no hay quien viva. Javier y Edison son pareja y viven juntos desde hace unos meses. Pero su convivencia no es del todo fácil, debido a sus perros. Edisón llegó de Puerto Rico con Chancé y Chantal, una carlino y una pequinesa que no paran de discutir entre ellas. Cuando alguien acaricia a la pequinesa, la carlino se orina sin cesar por todas partes en señal de protesta y empieza a retar a la otra perra durante horas. Por si esto fuera poco, el conflicto más grande lo tienen con Felipe, el bóxer de Javier. No dejan de provocarle hasta que Felipe acaba por perder la paciencia y las gruñe de forma bastante agresiva. Por este motivo tienen la casa dividida en dos: una parte para Felipe y otra para Chancé y Chantal. Cada vez que tienen que ir a su habitación o al baño tienen que saltar la valla que separa los dos territorios. La situación es insostenible. Borja enseña a Javier y Edison a frenar las continuas peleas entre las perras. A través de gestos, posturas y sobre todo dándoles un toque físico en el momento que empiezan a retarse. Una vez las perras han aprendido a vivir en paz y armonía, llega el momento más tenso: el de introducir a Felipe y presentarle a las perras. Felipe percibe enseguida la nueva situación y decide tumbarse y descansar disfrutando de la nueva situación en casa.
RUFO: HAY AMORES QUE MATAN
Rufo: hay amores que matan es el último caso de la noche. Al perder a su anterior perro, Adoración y su marido, una adorable pareja de jubilados, decidieron ir a la perrera a por un nuevo compañero. En la perrera les aseguraron que Rufo no crecería mucho, pero con el tiempo se ha convertido en un perro grande y sobre todo muy fuerte. Rufo tiene ya dos años, pero su nivel de energía no baja. Salta encima de todo el mundo sin importarle derribarles, tira a César de tal manera en el paseo que muchas veces tiene que abrazarse a los árboles para no caer al suelo. Las visitas también entran atemorizadas a casa de Adoración y César, conocedores de los grandes recibimientos de Rufo. Cesar capta enseguida el mensaje de Borja y lo pone en práctica. El cambio en Rufo durante el paseo es espectacular desde el momento en que le cambian la correa por una de lazo. Hasta Adoración acaba paseando al perro por el jardín de su casa. Controlar la euforia de Rufo con las visitas es otra historia, pero usando el cuerpo y sin hacer aspavientos, hasta la nieta de César y Adoración consigue que el perro la respete al entrar en la casa.