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'Conexión Samanta' nos descubre cómo viven al límite los quinquis

Faltan cuatro días para que Ramón, un joven de 26 años condenado por tráfico de drogas, obtenga la libertad condicional. Acaba de cumplir una pena de un año de prisión, ya que no tenía antecedentes cuando lo detuvieron: "Me engancharon la primera vez, me salió el juicio y para adelante". Ya lleva tres meses con la pulsera telemática, un mecanismo de control que le obliga (entre otras cosas) a tener que estar en casa todos los días entre las 23.00 horas y las 7 de la mañana. Ésta y otras historias Samanta Villar nos descubre en 'Quinquis', este martes 18 de febrero, a las 23.45 h.

En 'Quinquis', Samanta Villar se acercará a la vida de personas que, desde muy jóvenes, se introdujeron a la delincuencia y las drogas. Ramón, como el resto de los protagonistas del reportaje, se crió en la calle: le echaron del instituto cuando sólo tenía 14 años, y ahora ni siquiera se plantea volver a estudiar para poder optar a un trabajo. Por el contrario, decidió empezar a cometer pequeños delitos con los amigos de su barrio, San Agustín (Alicante), algo de lo que reconoce no arrepentirse: jamás pensaba en cómo estaba perjudicando a la gente que robaba. "Me daban igual", sentencia.
Poco a poco, Ramón se pasó al tráfico de hachís a pequeña escala. Cuando le detuvieron, le pillaron con alrededor de 200 gramos de speed, una cantidad que él considera pequeña. Ahora afirma estar completamente reinsertado y reconoce que no vale la pena pasar una sola noche más en la cárcel, aunque sea por todo el dinero del mundo. Aún así, la vida entre rejas no le parecía tan mala: "Televisión, te dan de comer, tu dinero todas las semanas, follas dos veces al mes... ¿Qué más quieres?". La libertad, y la necesidad de buscar trabajo para poder vivir bajo techo con su padre y su novia, son más complicadas.
En Las Mil Viviendas
Samanta también se encontrará con Iván, conocido en el barrio como "El Campana". Tiene 30 años y una enfermedad en el riñón que le aflige desde los 18. Acude a diálisis día sí y día no, y afirma que la marihuana le ayuda a superar su condición: "Es mi hobby, me relaja y me hace reír". Iván compra todo tipo de productos que le permiten cultivar marihuana en su balcón. Le pillaron por traficar con drogas, aunque jamás con cocaína: "Me daba miedo engancharme, tuve un hermano que lo estuvo".
Él también ha pasado por la cárcel, de la que salió hace ya año y medio. Asegura que era el mejor en las fugas: todos los atracos en los que participó con sus amigos los vio desde el asiento del conductor. Presume de que nunca le pilló la policía, pero se lamenta de no haber podido robar nunca un banco o un furgón cargado de dinero: "No hemos tenido los medios suficientes". Se refiere a granadas o bombas caseras, necesarias para abrir camiones blindados. "No había límite, por lo menos para mí y mis amigos", presume.
Iván es un asiduo de Virgen del Carmen, barrio alicantino antes conocido como 'Las Mil Viviendas'. Allí participa en peleas de gallos, prohibidas en España, en las que a veces se llega a apostar mucho dinero. Entre estos jóvenes existe un férreo código de honor: Iván le cuenta a Samanta lo que hacen en el barrio con los chivatos. Según él, "les cortan la lengua, les pegan, les cortan las manos o les matan". Él asegura que la policía le ha presionado muchas veces para que delatara a sus compañeros, pero que nunca lo ha hecho.

Vendedores sin licencia
José y Mauricio, o 'El Cien Pavos' y 'El Mauri', se dedican a vender bolsas de pipas en las inmediaciones del estadio del Hércules. Tienen 35 y 37 años, pero oficialmente están en paro: se pasan la vida entrando y saliendo de bares o yendo de pesca con sus amigos. Las pipas les dan algo de dinero, pero no mucho. Además, este negocio ilegal les proporciona muchos problemas con la policía: la última vez que les pillaron, la multa fue de 600 euros.
José trabajó en la construcción, pero desarrolló una alergia al cemento que le provocó escamas en las manos, que conserva a día de hoy. Esto, sumado a una parálisis en la pierna izquierda, hizo que se le concediera una pensión, y ahora prefiere pasar las mañanas en la playa con la gente del barrio. Normalmente suele conducir él, aunque no tenga carné. "Si me pillan, pues me han pillado".
Por su parte, Mauri reconoce vivir como puede del dinero que le da su madre: "Dos euricos por la mañana y dos euricos por la tarde, con eso paso yo el día". Se reparte con José todo el dinero que sacan de vender las bolsas de pipas, aunque no es mucho. Reconocen que sólo se tienen el uno al otro: tal como dice José, "aquí se ve lo peor: drogas, robos... La mayoría de mis amigos están en la cárcel o están muertos".
Criando ratas
Todos ellos han participado en una película del director Carlos Salado, 'Criando ratas'. Se trata de una historia inspirada en los clásicos del cine quinqui de los años 80. Como en aquellas películas de Eloy de la Iglesia, Salado no ha contado con actores profesionales, sino con gente que se ha criado en los mismos barrios marginales en los que se ambienta.
Ramón, que tiene un papel protagonista en 'Criando ratas', reconoce (entre risas) que le pone más nervioso tener que presentar la película que volver a la cárcel. Salado afirma que "se enamoró cinematográficamente de Ramón y, entonces, se nos lo llevaron", refiriéndose a su detención. Tuvo que esperar varios meses a que saliera de la cárcel y pudiese completar el rodaje.