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Samanta, tras la muerte del pandillero: "Sigue siendo uno de los hombres que más admiro"

Samanta abre su corazón en la web a uno de hombres que más le han marcado en la vida. Geovanny, un pandillero salvadoreño que luchó por salir de la mala vida, y por desgracia, lo ha pagado con la muerte.


“Geovanny murió el 5 de marzo tiroteado en San Salvador, pero para mí sigue vivo y sigue siendo uno de los hombres que más admiro.
Su muerte llega a punto de cumplirse el primer aniversario de una tregua pactada entre ‘las maras’, que ha reducido a la tercera parte los muertos y desaparecidos en El Salvador, pero que ha despertado críticas de diversos sectores, al haber trascendido que fue impulsada en secreto por el gobierno salvadoreño.
La negociación con los pandilleros no es aprobada por buena parte de la población, las negociaciones no incluyen planes de reinserción para los pandilleros, se podría estar reforzando la conciencia de las maras como agentes con poder político y de paso favoreciendo el narcotráfico por los territorios controlados por ellas. Son algunas de las críticas.
En medio de todo esto vivía y trabajaba Geovanny, ex pandillero que conocí en el verano de 2011, que me acogió en su propia casa y me trató con exquisito respeto.
La miseria había sacado lo peor de él antes incluso de llegar a la adolescencia. A los 9 años vivía en la calle, sin familia que le amparase ni estado que se hiciera cargo. La única que le ofreció tres comidas al día fue la Mara Salvatrucha y, como a todos sus miembros, le dio el cobijo que como niño necesitaba a un precio sangrante. Geovanny no hablaba de ello con todo el mundo porque el daño que infligió para poder sobrevivir le dolía más que el suyo propio.
Por aquel entonces pensaba que, igual que la mayoría de sus amigos, no pasaría de los 25 años. Que "la contraria", como diría él -evitando pronunciar el nombre de la Mara 18, según marca el protocolo de la calle- o la propia policía salvadoreña lo matarían antes. Y lo asumía con el aplomo de quien cree enfrentarse a una ley natural.
De haber sido un tipo normal, Geovanny habría hecho lo mismo que la mayoría de la gente hace a lo largo de su vida, imitar las conductas aprendidas y capear con la inercia, en su caso con la violencia más descarnada hasta morir.
Pero Geovanny no es un tipo normal. Digo "es" porque para mí sigue vivo y sigue siendo uno de los hombres que más admiro.
Geovanny cumplió los 25 años. Empezó a pensar entonces que quizás la vida tenía otros planes para él, entendió que la violencia en la calle sólo favorece a los poderosos y a los traficantes, y quiso vivir de otra manera. No encontró planes de rehabilitación en la cárcel, ni el gobierno salvadoreño le ofreció alternativa alguna a ser un pandillero para tener ingresos, ni la mara se lo puso fácil, porque la mara no permite que nadie la abandone, si no es muerto. Pero él insistía, quería vivir de otra manera.
Fue el Padre Antonio Rodríguez, el Padre Toño, quien le ofreció la oportunidad que necesitaba. El sacerdote español que trabaja en la reinserción de los mareros le ofreció un plan vital alternativo. Hacer pan.  Levantarse antes de amanecer para hornear la venta del día. Venderlo por las calles a la salida del sol, a cambio de unas 'coras', de unos miserables dólares. Con el calor abrasando o en medio de la tormenta. Cuando se venda y cuando no. A Geovanny no le costó ni un minuto aceptar.
Decidió, cuando acababa su jornada laboral, liderar un grupo de gente que predicaba la paz con el ejemplo y trabajaba la prevención con los más pequeños, clave para evitar su ingreso en la mara y romper el ciclo de la muerte.
Tuvo su propia hija y quiso alejarla de toda violencia.
La muerte de Geovanny podría ser una venganza por su pasado funesto. Pero también tiene una fuerte carga simbólica, porque Geovanny era la mano derecha del Padre Toño, y el Padre Toño es el azote del estado salvadoreño, al que denuncia en los medios cada vez que puede como narco-estado y al que atribuye una concatenación de políticas -incluída la tregua- que, lejos de acabar con la violencia, la fomentan.
El Padre Toño sabe, igual que yo, que esclarecer la muerte de Geovanny es poco menos que una misión imposible en El Salvador.
El día que me marché de El Salvador, con un reportaje bajo el brazo que Geovanny protagonizó, él mismo me entregó una carta y me pidió que la leyera en el avión. En una cuartilla escrita a mano me dijo alguna de las cosas más sensatas y bonitas que he leído en mi vida. Entre ellas, la que a continuación reproduzco:
"Ojalá las imágenes o filmes que hice sean de mucho bien y resalten un poco de lo feo que hay en lo bonito, y lo bonito que hay en lo feo".
Ése es Geovanny. Y digo "es" porque para mí sigue vivo y sigue siendo uno de los hombres que más admiro."
Samanta Villar