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Especial Callejeros: A las puertas de la cárcel

Callejeros completa la fotografía de la vida carcelaria con una vuelta de tuerca: cómo viven los allegados de los presos en el reportaje A las puertas de la cárcel
La cárcel por dentro... Y por fuera. Callejeros completa la fotografía de la vida carcelaria con una vuelta de tuerca: cómo viven los allegados de los presos en el reportaje A las puertas de la cárcel. Altos muros de hormigón, infinitas torres de vigilancia. Siempre a las afueras y lejos de la vista. Somos el país de la Unión Europea con la mayor población penitenciaria. Y los presos no son los únicos que están cumpliendo condena.
Centenares de familiares abarrotan las puertas de las prisiones de todo el país para comunicar con sus presos. Sobre todo en fin de semana. Andando, en taxi, en coche o tras largas horas esperando autobuses de línea casi inexistentes. Merece la pena para los 40 minutos semanales de comunicación entre cristales de un locutorio. O para dos horas y media de vis a vis familiares en las que se llegan a tocar por primera vez a los recién nacidos.
A la entrada del centro penitenciario de Soto del Real, en Madrid, una madre y su hija marchan llorando porque no han podido ver a su preso. Es domingo por la mañana y han conducido siete horas desde Lisboa. Y una confusión de fechas las hace darse la vuelta camino a casa. Otra familia que aparca el coche ha salido de Alicante a primera hora de la mañana. Visita por primera vez desde su detención a un hombre "bueno que nunca se ha metido en problemas. Es transportista. Se quedó sin trabajo y empezamos a no poder pagar la casa. Tenemos orden de desahucio". Y dice que a la desesperada aceptó un porte de una mercancía especialmente peligrosa. Su mujer aún no sabe con cuántos kilos de cocaína lo apresaron. Su marido estaba a punto de jubilarse.
Patricia recoge a las hijas de su pareja camino de la prisión de Valdemoro, en Madrid. En el bolso: el tabaco, el móvil, las llaves de casa y un centenar de denuncias porque, asegura que los funcionarios la cachean a la entrada "en ropa interior y delante de la niñas", unas niñas que ya no recuerdan haber visto a su padre en la calle. Patricia casi se cruza con una mujer que camina arrastrando una pesada bolsa de cuadros, de esas de rafia con cremallera. Debe subir una pendiente de dos kilómetros desde donde le deja el autobús. Llueva. Truene. O, como hoy, haga un calor sofocante. Y menos mal que es de día porque "pusieron las farolas y nunca han funcionado. A las seis de la tarde en invierno tienes que ir por medio del campo alumbrándote con el móvil". Visita en Valdemoro a su hijo.