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Conoce con 'Callejeros' la nueva vida en el barrio de 'Los Pitufos'

Les conocen popularmente como Los Pitufos pese a que “Papá Pitufo murió hace muchos años y aquí solo quedamos ya los pitufillos”, como afirma Vicente, un vecino de la calle Gonzalo de Berceo, en Huelva. Y es que lo único que une a los personajes que protagonizan el entrañable cómic del belga Pierre Culliford y a los más de mil vecinos que habitan estos doce bloques de viviendas sociales del barrio onubense de La Orden, es el color azul de algunas de sus columnas centrales.

“Parece que estamos en la época de Franco, teniendo que cultivar huertos para poder comer”, lamenta Luisa, mientras Francisco se afana en regar sus melones. “Esto es lo que nos ha dejado Rajoy, huertos”, se queja mientras asegura que al entregar currículum omite que vive en Los Pitufos, porque “le penaliza”.
“Este es un barrio normal, con gente buena y gente mala como en todos lados”, según Alba, quien acompaña a su amiga Mari en un paseo a bordo de su nuevo descapotable: “En algo hay que invertir para matar el tiempo”, afirma tras haberse quedado parada y a la espera de que su marido, a quien lleva ropa al centro penitenciario, salga de prisión. “No he leído la sentencia, pero está entre rejas porque la tienen tomada con él, no es ningún delincuente”, asegura Mari.
“Batalla campal” titulaba en 2009 la prensa local, porque “los vecinos quemaron coches e hirieron a cinco policías”, según relata Laura Brito, periodista, mientras revisa la hemeroteca de su periódico. “Afortunadamente fueron hechos aislados”, afirma, un pasado que no obstante sigue presente en muchos vecinos.
José es propietario de un ultramarinos “que está abierto hasta las dos de la mañana, éste es el punto de reunión de los jóvenes”, nos cuenta ‘La trianera’, como le gusta hacerse llamar entre los vecinos por las sevillanas de contenido erótico que dice componer. “Cada día me saco 400 o 500 euros con ofertas de pan de cinco vienas a un euro”, para ello, reparte recados a domicilio.
Óscar tuvo que cambiar de vida tras quedarse en el paro. Ahora vive con su madre, su padre, su pareja y su hijo: “Yo antes era camarero, pero ahora cable que veo, cable que cojo” para sacarle el cobre y venderlo “a unos cuatro euros el kilo”.
Tras una condena de seis años por un delito de drogas, Mohamed pasea a su bebé de meses con una pulsera telemática en el tobillo. Este sistema de vigilancia a distancia le obliga a estar en casa a las doce de la noche: “Lo peor es que por la calle la gente piensa que eres un violador de mujeres o un pederasta, te dan ganas de darte la vuelta y decir ¿qué miras?, pero ¿para qué?”, se resigna.
Unos cánticos y unas palmas dan pie a una noche de barbacoas. “Éste es el plan de cada sábado”, dice Francisco, mientras Antonio Jesús advierte que “a partir de las cinco de la mañana, ya no queda ni una botella aquí”.