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Callejeros te muestra la inquietante vida de los 'Polis de paisano'

Polis de paisano, en 'Callejeros'cuatro.com

Callejeros te muestra en su nuevo reportaje cómo es el día y la noche de los miles de agentes que trabajan de incógnito en las policías municipales de nuestro país.

La mayoría prefieren mantenerse en el anonimato para evitar “quemarse”, así consiguen no ser identificados como afirma un agente de Bilbao: “Nos han llegado a ofrecer servicios de prostitución e incluso drogas por no ser conscientes de nuestra labor y detenerlos. Una ciudad donde actuar de paisano hace unos años era especialmente delicado en pleno apogeo del terrorismo etarra: “Si te descubrían, las consecuencias podían ser mucho peores que para un uniformado”.
Unos minutos después este mismo policía recibe un aviso, en cinco minutos llega al domicilio de una señora mayor. Está sola en casa y tiene la cadera rota, los bomberos han de sacarla por la ventana de un quinto piso mediante una escala. Mientras se prepara la evacuación, un vehículo toca el claxon insistentemente en el exterior. “No se da cuenta de que la calle está cortada por la ambulancia para atender a un herido y encima usted está molestando a los vecinos y conduciendo bajo los efectos del alcohol”, le recrimina el policía. “Pito por una cuestión de honor”, asevera el conductor, seguro de que dará negativo en el test de alcoholemia al que le van a someter los agentes. “0’58, su vehículo va a quedar inmovilizado por la grúa”, el resultado cambia la conducta del piloto que se encara con la pareja de policías de paisano y forcejea antes de ser engrilletado.
Madrugada de sábado en Murcia. Por la radio de un coche de paisano, entra un aviso: “la vecina asegura que oye a alguien gritar pidiendo que dejen de golpearla”. Dos agentes acuden al domicilio, allí encuentran sangre en el suelo y en el dedo de un hombre que sostiene unas tijeras. “Es toxicómano y está nervioso porque está intentando dejar de consumir”, dice su pareja entre sollozos. La policía logra sacarla del domicilio antes de que el propietario se amotine en su interior: “Es mi casa y no abro a nadie, me cago en los muertos del que haya llamado a la Policía”.
A la misma hora, decenas de jóvenes beben en una galería del casco histórico de Bilbao. Varios agentes despejan el lugar en cuestión de minutos. Buscan a las dos personas que han robado a una joven. “Me han metido la mano en el bolso y se han llevado mi móvil”, asegura la víctima mientras abraza a un policía para agradecer su labor e identifica entre insultos a los presuntos autores del hurto, dos jóvenes magrebíes que acaban de salir del calabozo supuestamente por actuar del mismo modo 24 horas antes. “Mañana volverán a salir y los volveremos a detener, y así hasta que el juez tome alguna determinación como la orden de extradición”, lamenta uno de los agentes, antes de desplazarse hasta la calle San Francisco, “una de las más conflictivas de la ciudad, probablemente por una pelea”, intuye. Una mujer recoge los cristales del escaparate de un bar. Un cliente acaba de ser expulsado del mismo unos minutos antes. “No puede reventar el local porque le hayan echado”, recrimina el policía al supuesto autor de los hechos.
“Agente, si tiene que llevarme a la cárcel, lléveme, pero a mí nadie me llama negro de mierda”, le contesta entre evidentes síntomas de embriaguez como él mismo reconoce: “Guardia, lo siento, he bebido”.
Amanece en la Plaza de Oriente de Madrid. El placentero paseo de numerosos turistas se ve alterado por el llanto de una joven procedente de Dubai. “Le han robado 400 euros y 800 dólares”, lamenta su amigo, el único que habla español en el grupo. “Yo no quiero esto”, asegura mientras tira a una papelera la flor que minutos antes le acaba de dar una mujer en el lugar. “Son conocidas del lugar, gitanas que con la excusa de regalar una flor aprovechan la buena voluntad de los turistas para hurgar en sus carteras”, afirma un policía de paisano mientras lee sus derechos a las detenidas, supuestas autores de un delito por superar la cuantía del mismo los 400 euros. “Era todo el dinero de mi viaje e iba a estar solo un día en Madrid”, reconoce la víctima entre sollozos, consciente de que, pese a la detención, su dinero ha desaparecido, probablemente retirado por una cómplice antes de la llegada de los agentes. “Hay días que sacas mucho y otros que no te sacas nada”, reconoce a regañadientes una de las dos esposadas antes de ser llevadas a comisaría.
“Policías de paisano”,  es un reportaje de Álvaro Martín.