Canicas, tazos, gogos… diez coleccionables míticos anteriores a la invasión ‘pokemon’

cuatro.com 21/07/2016 18:38

Son de colores. Son pequeños. Se pueden guardar en una caja (sea iOS o Android) y se pueden intercambiar compitiendo. Básicamente, las cuatro cualidades que históricamente han dotado a cualquier objeto de la capacidad de fascinar a los niños (y a los no tan niños).

El fenómeno PokemonGO ha tenido, gracias al móvil y a las redes sociales, la facilidad de extenderse en apenas unos pocos días por todo el planeta. Pero antes de esta fiebre viral los niños y adolescentes de otras épocas ya se dedicaban a coleccionar ‘tesoros’ de colores en cajas, bolsas o carpetas.

Quizá el padre de todos los coleccionables sea el cromo. Y, concretando un poco más, los de Panini. La empresa ha sido el referente en este pasatiempo durante décadas: fútbol, personajes de cómic, películas de Disney… Cualquier fenómeno cultural que atraiga al público más joven es susceptible de ser reconvertido a un puñado de ‘estampitas’ adhesivas para coleccionar. Sile, nole… Y así hasta completar el álbum. Un clásico. La versión ‘no adhesiva’ de los cromos eran las cartas. De coches, de aviones, de motos… Causaron furor en los ochenta, década en la que no había un patio de colegio donde dos niños no estuvieran comparando la cilindrada de un Peugeot 309 con la de un Fiat Tempra.

Para los que preferían algo más de emoción que el simple ejercicio de pasar uno a uno los cromos del ‘taco’, estaban los coleccionables para competir. Y en esta categoría siempre hubo una terna por encima de todos lo demás. Las peonzas, las chapas y las canicas. La versión infantil de la petanca española para varias generaciones. Un parque, un rincón de arena… un círculo hecho con el pie, un agujero cavado con las manos, dos porterías hechas con cajas de cartón. Incluso había quien se afanaba horas en reconstruir Nürburgring, curva a curva dibujando la silueta en la arena con la palma de la mano. Bastaban cosas tan simples y accesibles para crear auténticas competiciones mundiales (de barrio).

En los noventa las canicas, las chapas y las peonzas dejaron paso a lo que entonces parecía el último grito en entretenimiento. ¡Los tazos! Probablemente la versión más primitiva del fenómeno que están siendo los Pokemon. Eran de colores, tenían dibujos de los personajes de animación más célebres del momento y se lanzaban unos contra otros para ‘robarle’ a tu rival su mazo. No podía fallar. También en los noventa aparecieron los gogos, llenaron cajas y estanterías de habitaciones de aquella última generación del siglo XX.

Pero todos estos objetos estarían dentro de lo que podríamos llamar el 'mainstream' de los coleccionables. Para los indis, hípsters o simplemente un poquito más ‘frikis’ de la época estaban las cartas Magic. Claro, más frikis para todos los que no eran (éramos) capaces de estudiarnos el complejo sistema de puntos, parámetros y cualidades de cada personaje, magia o maná. Quienes jugaban siguen manteniendo que nunca hubo un juego más divertido.

Pero no todo era competición. Había coleccionables que simplemente servían para tenerlos guardados, como mucho intercambiarlos, pero pacíficamente. Fueron un auténtico ‘boom’ las cartas de cambiar. Perros, gatos, osos, tortugas… cualquier animal era susceptible de ponerle un lazo rosa encima, o un globo azul atado al brazo. Las había de todos los tamaños y colores. Y, por supuesto, todas tenían su sobre correspondiente. En la misma época, mediados los noventa, apareció la fiebre de los chupetes de plástico. Transparentes y opacos, de colores o blancos y negros y de todos los tamaños. La moda era enlazarlos unos con otros en collares para lucir en la piscina, en la playa o en el patio del colegio.

Todos ellos hobbies de generaciones muy distintas (o no tanto) a la nativa digital. Y si se cumple aquello de que la moda es cíclica, igual hasta vemos a no mucho tardar las chapas de Pokemon o a Pikachu subido a una peonza.