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JON SISTIAGA: "Welcome to Tijuana"

Como dice la canción, "Welcome to Tijuana". Bienvenido a la ciudad de los 10 muertos diarios. A las calles del narcomenudeo y las decapitaciones. A la gran frontera de los sobresaltos, donde las sirenas de la policía son la música de la ciudad y la gente en los restaurantes se sienta mirando hacia la puerta...
"Hay una guerra abierta entre dos facciones narcos por hacerse con el control de la ciudad -me dice el jefe de homicidios, el licenciado Emigrio Gutierrez-, entre los hombres del Teo y los del Ingeniero, y en cada masacre que perpetran dejan su mensaje para el enemigo". Un día fueron tres jóvenes semidisueltos en ácido dentro de unos bidones, otro, 12 pequeños traficantes de droga con las lenguas cortadas, al dia siguiente, 8 decapitados. El narco mexicano hace tiempo que traspasó el umbral de la vileza. Le da todo igual. Se meten varias rallas, se fuman algo de maria, lo aderezan con unas anfetaminas, y como dicen por aquí, "la orden se cumple". Sea la que sea. Torturar, matar, decapitar...
Tijuana, la del "tequila, sexo y marihuana", es la gran ciudad de los mercados negros. La ciudad del trafíco de drogas, de armas, de inmigrantes ilegales, de la trata de blancas. Un muro y una empalizada de puas separan EEUU de México. La valla llega hasta la playa. Cuando baja la marea se puede llegar hasta el último poste clavado en la arena. Al otro, lado, a unos centimetros, los border patrol vigilan desde detrás de sus gafas Rayban.
Las playas de Tijuana están llenas de remolinos que se han tragado a numerosos ilegales. Son muchos, muchísimos, los que no logran nunca cruzar el muro. La linea, como le llaman. Y se convierten en mano de obra barata para las corporaciones criminales de los cárteles o acaban enganchados a las drogas. Hay en esta ciudad una tremenda pobreza. Un ilimitado número de homeless y pedigüeños. No hay ningún premio para los que no cruzan la valla.
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Y es que Tijuana es una plaza demasiado importante para el narco. Sus tres millones de habitantes suponen un jugoso mercado al que hay que abastacer, y su situación de frontera con San Diego, su tráfico anual de 35 millones de personas, la convierten en un corredor vital para el trasiego de droga hacia la costa Oeste de Estados Unidos. El cártel de Tijuana lo lidera el clan de los Arellano Felix, pero como la mayoría están ya en la cárcel o muertos, sus lugartenientes han desatado una guerra entre sí para hacerse con el poder. Me lo cuenta Said Betanzos, un reportero amigo de Televisa, mientras nos tomamos una cerveza en un bar del centro.
Acabamos de aterrizar en Tijuana. Solo hemos bebido la mitad de nuestras Coronitas cuando le suena el móvil: "Un 12-01 junto a un colegio". Salimos pitando. Un 12-01 es un muerto en jerga policial. Según vamos llegando la cosa se va complicando. Es una balacera entre sicarios y el ejército. Nos acercamos lo que podemos. Empiezo a alucinar. Es como estar en las calles de Bagdad. Fuego cruzado, armas de grueso calibre, gritos, pánico, los niños de una escuela cercana tirados debajo de sus pupitres y sus madres, fuera de si, arriesgándose a cruzar para llegar hasta ellos. Le digo a mi cámara que permanezca agazapado detrás de un vehículo e intento avanzar un poco más con otra cámara pequeña. Los colegas mexicanos llevan chaleco antibalas y casco. Es la guerra contra el narco. Salto de coche en coche hasta que un soldado con el rostro embozado me frena en seco: "Ya cabrón.. agáchese que están dando duro, guey..."
La balacera dura dos horas. Dos horas agachados hasta que un oficial del ejército recoge a todos los periodistas dispersos y nos acerca a la casa desde la que disparaban. Están acabando el registro: hay cuatro sicarios muertos, un soldado fallecido, y un cadáver congelado, presuntamente de un secuestrado, encontrado en un frigorífico. Miro la hora del reloj. Sólo son las nueve de la noche. Al dia siguiente voy a hablar con el subprocurador de Tijuana, una especie de fiscal de la ciudad. Cuando llego está rodeado de micrófonos dando una rueda de prensa. Cojo unas notas rápidas.
En las últimas 24 horas, dice, además de la balacera ha aparecido un decapitado, otro ha sido acribillado a balazos en su coche, y dos más encontrados envueltos en mantas en un descampado. Es como un parte de guerra. No hay preguntas de los periodistas. Graban, recogen y se van. Se me ocurre preguntarle si ya saben quién es el muerto del congelador y todos me miran sorprendidos, como recriminándome, como exclamando ¡Y qué más da!. A nadie le interesa. Aquí se hace un periodismo superficial. De declaraciones. No se investiga. ¿Es que los medios han caído en el hartazgo, en la apatía de informar diariamente sobre 10 muertos?, ¿es autocensura?, ¿de verdad no quieren saber nada más?, ¿Es mejor no preguntar?. El miedo al narco está, tristemente, detrás de todo esto. Y una sociedad con miedo es una sociedad sin mañana.
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El jefe de homicidios me recibe en su despacho. A un lado toda una pared con las fotografías de decenas de sicarios. Impresionan. Todo un ejército al servicio del narco que llevan la maldad en su rostro. Debajo de cada foto, clavada con un alfiler, están a su vez las fotografías de los cadáveres de sus víctimas. Ese alfiler vuelve a vincular a víctima y asesino en una, ciertamente, grotesca técnica de investigación policial. Pero hau muchos más alfileres. Está en otra pared. En un enorme mapa de la ciudad de Tijuana, y señalan los lugares donde han aparecido cuerpos en las últimas semanas. "Los tiraderos, -dice el policía-, porque casi nunca los matan donde los encontramos".
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Hay más de 200 agujas de cabezas verdes, rojas, azules, que intentan establecer un patrón de esos asesinatos. El inspector nos enseña las armas usadas en la balacera de la noche anterior. Las guarda en el baño de su oficina. Amontonadas junto a la taza del water. Sin precintarlas, ni envolverlas. Incluso me insinua que las coja, si quiero. No quiero, le digo. Hay una ametralladora de guerra .50, varios fusiles de asalto AR 15, pistolas, un 38 todavía con sangre, y una especie de puño americano del que salen tres cuchillas en forma de garra. ¿Recordáis la mano de cuchillos de Freddy Kruger?. Igual. Con ella han torturado al secuestrado del congelador. No se si tengo más repugnancia que asombro o al revés. Pero lo más fuerte está por llegar...
Nos acercamos a la morgue de Tijuana para hablar con el jefe de forenses y que nos explique, desde su particular punto de vista, que esta pasando en la ciudad. Nos recibe en la sala de autopsias, junto al cuerpo decapitado de un joven, y los cadáveres de los sicarios que nos habían disparado la noche anterior. "Pasen, pasen", dice con naturalidad. "No, no pasamos", respondo. No queremos grabar autopsias. No buscamos el morbo, sino el diagnóstico del especialista. El olor que sale de esa sala es casi untuoso. Se posa sobre nuestros brazos y nuestras caras, como si pesara. Es el perfume de la muerte. Miro los cadáveres de manera furtiva. Miro la cabeza cortada de ese tipo de unos 25 años. Pelo largo y rizado. Un cuerpo deconstruido. Un operario agarra la cabeza del pelo, la lleva hasta los pies del cadaver, donde está el grifo y la empieza a lavar. Siento una arcada. Me concentro en intentar tomar alguna fotografía.
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Le digo a Jaime, mi cámara, si se siente capaz de grabar y me dice que lo intenta. Federico, el realizador, se queda fuera. Intentamos grabar desde lejos, sin detalles, sin primeros planos, huyendo de esos rostros sin expresión. Me pregunto sobre la extraña relación con la muerte de esos matarifes. Ellos han matado, igual han decapitado, de seguro han congelado a uno. Sabían que podían morir o acabar igual de torturados que sus propias víctimas. Es un bucle letal el oficio del sicario. Miro sus cadáveres llenos de balas. Tanta violencia, pienso para mí, acaba por trivializarlo todo, hasta la dignidad de los cadáveres. Aunque sean los de unos asesinos. Todavía no lo sé, pero esa cabeza cortada me perseguirá varias noches...
"Hay todo un código en las mutilaciones -prosigue el doctor Muñoz-. Un dedo cortado es que señaló a alguien, una lengua cercenada que era chivato, dos manos amputadas que robó a su propia gente, una decapitación significa que era un traidor y que se pasó al cártel dela competencia..". ¿Y los que acaban disueltos en ácido dentro de bidones?. "A esos es que no querían que los encontráramos", responde. El forense me confirma que Los Zetas, el brazo armado del Cártel del Golfo, acostumbran a hacer guisos con sus victimas. Es decir, los torturan, los matan, los queman hasta reducirlos a cenizas y luego "se fuman al muerto". Se cuenta que mezclan las cenizas con cocaina dentro de una pipa y se lo fuman diciendo en alto: "Tu sigues aquí. Tu no te has ido. Ahora formas parte de nosotros y nos vas a cuidar siempre"... ¿Narcosatanismo?. "Puede", responde. "No sé a dónde vamos a llegar", añade...
Jon Sistiaga, desde México D.F

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