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Base flotante Borneo en el Ártico I

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Amigos, ya he llegado al Ártico, pero antes os cuento cómo me fueron las cosas desde la última crónica:
El día 5 de abril, después de probar los trajes, nos fuimos a cenar con los dos únicos españoles que viven en estas remotas tierras: María Luisa y Luís.

Cuando llegamos al restaurante, reconocimos a María Luisa muy rápido, porque era la “alegría de la huerta”, risueña como solemos ser los españoles y más concretamente los andaluces. María Luisa nos presentó al otro español, Luís Merino. Ella está haciendo un doctorado, trabajando para el departamento de microbiología marina de la Universidad de Longyearbyen y vive aquí desde el 2006. Él es geofísico, especializado en física del plasma y se vino a estudiar auroras boreales, llegó en octubre del 2007. Nos lo pasamos bomba con las anécdotas de ambos. Con la alegría en el cuerpo y varias cervezas, nos fuimos a la cama, el día siguiente sería muy emocionante.
Por la mañana nos levantamos y fuimos al aeropuerto para los últimos preparativos y cargar los trineos en el avión ruso Antonov. Antes tuvimos que pesarlos: el de María 40 Kg., el de Emilio otros 40 Kg., el de Ramón 91 Kg., y el mió 80 Kg. Miro el tamaño y peso del trineo, me miro a mí y me da la risa. ¡80 Kg., frente a mis 59! Ramón me mira y creo que le doy un poco de pena pues me dice que intentara quitarme peso de alguna manera. Más le vale, porque a lo mejor por mi culpa no llegamos muy lejos. Esto es una autentica novedad para mí y aunque me siento fuerte y entrenado, me parece demasiado para mi pequeño cuerpo. Aunque, como siempre digo, hay que utilizar la cabeza ante las situaciones que llamamos ‘imposibles’. Estoy convencido de que podré.
Una vez resuelto el tema de las cargas y los detalles burocráticos con las autoridades del aeropuerto, que son mínimas y sin complicaciones, embarcamos en un obsoleto avión, rumbo a la base flotante Borneo. Despegamos en mitad de una ligera nevada y a los 5 minutos despeja. La belleza pura de las montañas nevadas de las islas Svalbard, se mezcla con un sin fin de glaciares. Al llegar a la costa se confunde con el mar helado, que lo distinguimos porque en él flotan miles de témpanos. Si a todo esto sumamos que nos dirigimos a un punto a menos de 200 kilómetros del Polo Norte, las sensaciones se disparan. Estoy nervioso como un niño cuando le dan el regalo de Reyes: ¡¡Me voy al Polo Norte!!
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Poco a poco el mar esta completamente helado, ya no hay témpanos, es un bloque compacto de hielo, sólo truncado por la gran cantidad de canales que se abren. Esto es el signo inequívoco, según nos cuenta Ramón, de que el cambio climático avanza a un ritmo impensable desde hace unos años.
Son casi tres horas de vuelo. Cuando sentimos que los motores bajan la potencia e iniciamos el descenso, mi corazón sube de pulsaciones. Queda muy poco para tomar tierra, mejor dicho, hielo. Los pilotos rusos son de una habilidad fuera de dudas, lo han hecho muchas veces y siempre con los mismos aviones desfasados. Ya lo hacían en tiempos de guerra fría y, posteriormente, cuando americanos y rusos utilizaban el Ártico para espiarse y llenar sus fríos y oscuros mares de tecnología militar.
Ahora estamos los cuatro aquí en mitad de la nada, en un lugar tremendamente hostil a  -35º C, con un ligero viento y en mi caso con cara de tonto ante la belleza.
Bajamos los trineos del carguero y caminamos 200 metros hasta la base Borneo, que es una pequeña instalación de hangares de plástico. No hay nada más a cientos de kilómetros a la redonda.
Al llegar nos meten al comedor para darnos un té o café caliente, pues el choque de temperatura al bajar del avión es bestial y se necesita una adaptación que no tenemos, excepto Ramón que es el ‘hombre de hielo’. El resto de nosotros, nos apuramos a la hora de entrar al calor del comedor.
El director de la base Borneo, que se llama Víctor Boyarse, nos informa de que hay una tremenda deriva. La masa del hielo Ártico se mueve al unísono en una dirección, en este caso al sur, pero el Polo Norte es un punto determinado y fijo que no se mueve. Así que nosotros nos desplazamos continuamente respecto al Polo Norte. El desplazamiento puede ser a favor, acortándose considerablemente la distancia, o en contra, como nos está ocurriendo ahora. ¡Se aleja nada más y nada menos que ¡24 kilómetros al día!
Os seguiré informando.
Jesús Calleja, muy cerca del Polo Norte.