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La verdadera guerra del yihadismo

Minuto de silencio por las víctimas. Los diputados de Francia se levantan. Una voz rompe el silencio, las miradas se vuelven y todos se suman. Fue excepcional. La última vez que se había cantado La Marsellesa en la Asamblea fue al final de la Primera Guerra Mundial. Entonces murieron dos millones de franceses. Ahora, 17. Excepcional también la manifestación de París. Ni el EEUU del 11-s, ni en el Madrid del 11-M, ni en el Londres el 7-J… ninguna reunió a 50 jefes de Estado y de gobierno y eso que en EEUU murieron 3.000 personas, en España, 192 y en Londres, 57. Excepcionales los homenajes, la solidaridad con Francia, con Charli Hebdo...y excepcionales las medidas que anuncia el primer ministro francés. Valls señala que "Francia está en guerra contra el islamismo radical". ¿En guerra? Si nos atenemos a los números, la guerra del islamismo radical tiene otros frentes mucho más importantes: Siria, Irak, Afganistan, Nigeria… En los días que todo el mundo miraba a París, el grupo Boko Haram arrasaba una aldea en Nigeria. Mató a 2.000 personas. El 26 de diciembre, islamistas radicales ejecutaron a 132 niños en una escuela de Pakistán. En agosto, el Estado Islámico asesinó a 700 personas de una tribu en Siria. Todas las víctimas, por cierto, eran musulmanas. ¿Qué hacer? Ya nadie cree que la intervención directa de Occidente en esos países sirva para derrotar al islamismo radical. El conflicto va para largo. Se impone una estrategia de contención. La contención de un fenómeno que se alimenta de historias como la que cuentan estas tres fotos. La primera es la de Ahmed el Darawy como activista. Harto de la corrupción del régimen de Mubarak, se convirtió en una de las figuras de la plaza Tahrir.  Creyó de veras que por fin la democracia llegaría a Egipto. En la segunda,  le vemos como candidato de una coalición de izquierda. Perdió en medio de sospechas de pucherazo. El fallido proceso democrático, el choque entre islamistas y seculares y el nuevo golpe militar lo llevaron a la desilusión. En la tercera foto lo vemos como yihadista. Abandonó a su familia  y a sus tres hijos y se sumó a las milicias del Estado Islámico. Como otros, sintió que le ofrecían un destino, una alternativa a su frustración. Murió en Irak el año pasado. Son tres fotos que apuntan en una dirección: el primer frente de batalla contra el islamismo radical se encuentra en la cabeza y los corazones de los propios musulmanes.