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Las familias se enfrentan a nuevos retos de integración

Aprender las técnicas de la pesca, fabricar sus propias armas o prepararse para la ceremonia de madurez son algunos de sus desafíos más inmediatos.
Pasan las semanas y las familias de Perdidos en la tribu continúan con su proceso de integración en cada una de las tribus con las que tienen que convivir. Dejar atrás las comodidades básicas es duro, al igual que cambiar por completo las rutinas diarias o enfrentarse a una dieta totalmente distinta a la acostumbrada. Esta semana las familias tendrán que afrontar nuevos desafíos, tales como construir armas de pesca, trabajar en un huerto o cuidar del ganado. Tareas que aparentemente no encierran mayor dificultad pero que pueden convertirse en un verdadero quebradero de cabeza para más de uno.
Después de presenciar los latigazos a las mujeres en la pasada edición del programa, la familia Rovira-Mezcua se encuentra abatida. Saben que se trata de una costumbre ancestral y que deben respetarla pero no les resulta sencillo recuperar el ánimo. Por su parte, David está algo preocupado: pronto tendrá que saltar el toro en la ceremonia de madurez y teme no hacerlo como debe. Además, el joven recibirá el boko, un palo tradicional que se le otorga a quien pronto se convertirá en un hombre, y descubrirá con dificultad que hasta el día de la ceremonia los hamer le han cambiado el nombre y ahora se llama Ukule.
En Papúa los hombres deben aprender a construir sus propias armas. Como pronto habrá que ir a pescar, en esta ocasión tendrán que fabricar un arpón valiéndose de los restos de un barco y de un tronco de madera. Además, el amor se extiende entre los kamoro y uno de los jóvenes de la tribu se declara ante Mila: una tortuga será el regalo que el chico le haga para demostrarle que siente por ella algo más que afecto.
Por su parte, si quieren ser verdaderos nakulamené la familia Moreno-Noguera debe tener su propio huerto, aprender las técnicas locales de pesca y conocer uno de sus grandes secretos: según las creencias de la tribu, el hijo del dios de los nakulamené se hizo hombre en el príncipe Felipe de Edimburgo y hoy es venerado por todos los miembros del poblado. Además, la familia enseñará a la tribu algunos de sus juegos más entretenidos y Miguel esculpirá una escultura a pesar de sus pocas dotes para esta tarea. Parece que poco a poco la familia comienza a sentirse más cómoda entre los nakulamené.