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Las familias descubren la dureza de la vida tribal

La caza del cocodrilo, con los kamoro, se convierte en un peligroso viaje en el que una serpiente siembra el pánico entre los hombres de la familia.
La vida en las tribus hamer, kamoro y nakulamene es mucho más agotadora de lo que las familias habían pensado al inicio de su aventura. En esta tercera edición de "Perdidos en la tribu" los Rovira-Mezcua, los Segura-Romero y los Moreno-Noguera descubrirán la dureza de la verdadera vida en una tribu. Juntos tendrán que sacar fuerzas de flaqueza para afrontar los duros retos que a diario superan cada uno de sus anfitriones. El día a día de los hombres es una aventura peligrosa, pero en este tercer episodio las familias se sorprenderán al comprobar el terrible peso que recae sobre las mujeres.
La caza de un cocodrilo es el desafío más difícil al que tienen que enfrentarse en esta edición los hombres de la familia Segura-Romero, en Papúa. Se trata de uno de los momentos más importantes para la tribu kamoro pero también uno de los más peligrosos. Hay que ser muy cuidadoso, no hacer ruido y estar atentos al agua, ya que la sólo se puede salir a cazar durante la noche. En su primera salida en busca de cocodrilos, una serpiente siembra el pánico en la canoa en la que viajan Rafa y Rafael: quiere colarse en la embarcación y, de hacerlo, los hombres podrían sufrir graves picaduras.
Pero el verdadero peso de las tribus recae en muchas ocasiones sobre el género femenino. En la tribu de los hamer la familia descubre que las mujeres reciben dolorosos latigazos en una de sus ceremonias tribales. Es más, el honor se mide entre ellas por el número de cicatrices. Además, Candelaria y Raquel deben rehabilitar las cabañas con excremento de vaca como material, una actividad nada agradable para los sentidos occidentales.
En Vanuatu, aunque parece sencillo alimentar a los hombres, Raquel tiene que matar a una gallina y conocer así las dificultades de buscar diariamente comida para los suyos. Comienza también la adaptación de la familia a las tradiciones nakulamené y el inicio de la verdadera convivencia durante las 24 horas del día: a partir de ahora los Moreno-Noguera tendrán que bajar de la casa del árbol y dormir con la tribu. Por su parte, Ana María y Mila son testigos de la dureza de remar durante horas por los manglares de Papúa y caminar por difíciles zonas enfangadas para conseguir algo de pesca. Además, al regresar a la tribu comprobarán que la forma de lavarse las manos después de la pesca es de lo más extraño: las mujeres se escupen las unas a las otras para quitarse el barro.