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Las flores de los ciruelos gallegos se adelantan a la primavera

Así se anuncia la primavera en el país del Sol Naciente. Y así brota también en la tierra donde el sol muere. Es el espectáculo que ofrece un jardín japonés trasplantado siglos atrás a un pazo gallego. La afición de la aristocracia por la botánica dio lugar en Galicia a una competencia entre las casas solariegas por lograr las especies más exuberantes y exóticas. Y así llegaron a Faramello estos ciruelos, enraizados entre piedras centenarias regadas por las aguas del río Sar.

Sus ramas desnudas se visten durante apenas quince días de unas flores tan delicadas como efímeras, y que desde el siglo XIX cautivan las miradas de Occidente. Pero tanta rareza tiene su precio. Un error en sus cuidados acabaría con estos árboles, los más antiguos de su especie que crecen en Galicia. Sus pétalos caerán en apenas unos días y en su lugar llegarán las hojas rojizas que la poeta Rosalía de Castro admiró entre estos muros. En el pazo donde nunca hiela escribió su belleza me congeló el alma.