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Un gesto cotidiano, convertido en milagro

Jan tenía 40 años cuando le diagnosticaron una enfermedad neurodegenerativa. Poco a poco fue perdiendo la capacidad para mover brazos y piernas hasta que un número de teléfono le devolvió la sonrisa. Llamó y se puso en contacto con un equipo de científicos, de sometió a una operación en la que le implantaron dos microelectrodos en la corteza motora del cerebro conectados a una mano artificial y a los dos días del implante, era capaz de mover el brazo robótico con los impulsos del cerebro. Entrenó durante semanas, sólo tenía un deseo "mi meta es comerme una tableta de chocolate" y lo consiguió.