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En Atenas todo sigue igual, pero nada es lo mismo

En Atenas todo sigue igual, pero nada es lo mismo. Es lunes, la gente vuelve al tajo, pero no un lunes cualquiera. La victoria de Syriza ha puesto una palabra de moda: esa palabra es cambio.

"Las cosas están muy mal para nosotros los pobres", dice un hombre que carga una furgoneta de reparto. "Por eso tienen que cambiar. Yo quiero ver si (Syriza) hace lo que ha dicho".

O sea, ver para creer. Estóicos frente a la crisis. Pragmáticos ante su futuro. Para cambiar el país, los votantes griegos, han tenido antes que cambiar ellos.

"Yo voté Pasok, ahora a Syriza", nos cuenta Christos, funcionario retirado de Asuntos Exteriores. Ioannis, un hombre de negocios, confiesa: "yo voté siempre Nueva Democracia, ayer a Syriza". 

Clase media, acomodada. Votantes de la izquierda entre comillas radical. Entienden la sorpresa. Argumentan sus razones: "yo quiero recuperar la soberanía", dice uno. "La gente no sonríe, no tiene trabajo, no tiene sueños, no tiene nada", sentencia el otro.

Y así es como ha llegado el vuelco que pregonan los periódicos. Estampa típica ateniense: la gente lee sin comprar los diarios… que hoy, claro, hablan solo de una cosa y de un hombre. 

Alexis Tsipras es la estrella del día. Su gesta da la vuelta al mundo en la voz de reporteros que hablan de "terremoto". 

Porque en Atenas, de alguna manera, ha temblado la tierra. Y si todo ha cambiado, nada debería ser lo mismo.