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Pensar en otro idioma hace que se tomen mejores decisiones

Un ejemplo. ¿Tiraría usted a una persona a la vía para salvar a cinco? Si respondemos a este dilema moral en nuestra lengua materna, sólo el 20 por ciento lo haría.  Si en cambio nos lo preguntan en otro idioma, el porcentaje sube hasta el 50 por ciento. Es decir, la mitad si sacrificaría a uno para salvar a cinco. Con nuestro idioma materno somos más impulsivos, con un idioma extranjero es como si pensáramos dos veces,  y eso nos lleva a conclusiones más calmadas, a resultados más útiles. En la práctica es útil para las empresas en las que se habla en otro idioma, obliga a pensar despacio, y  las decisiones son más arriesgadas porque se piensa más en el resultado. También para las negociaciones en las que se pide que se aparquen las emociones y se centren en los beneficios que obtendrían si llegaran a un acuerdo.