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Un actor llamado 'Quir Duglas'

douglascuatro.com

Se llamaba realmente Issur Danielovitch. Sus padres eran  inmigrantes rusos judíos y se crió en la marginación en el barrio más antisemita y pobre de Nueva York, donde era sólo el hijo del trapero.

Toda nuestra infancia cabe en el hoyuelo de su barbilla. Decenas de sábados por la tarde cuando el planeador de Mazinger Zeta se plegaba o Willy Fog se tomaba un respiro, llegaba aquel tipo que tenía un algo de rabia antigua en la mirada y el impacto de un balazo disparado por la belleza en el mentón. Y era aparecer él y el sofá del cuarto de estar era un drakkar y la manta del sillón una red de gladiador y una zapatilla de andar por casa era un hacha que lanzar y todos éramos vaqueros en Doch Citi o en Gan Jil. Y habríamos dado un ojo de la cara por ser tuertos. Como él, como Quir Duglas. 
Porque Quir Duglas era todo a lo que puede razonablemente aspirar un chaval en sus cabales: un vikingo sediento de sangre, el más malo de los gángsteres, un pistolero con las cachas a rebosar de muescas, un esclavo que tambalea un imperio, un soldado invencible, un campeón insobornable...
Kirk Douglas
Eran otros tiempos, sí, aquellos en los que whatsapp era un balcón que daba a la calle y por el que los amigos te gritaban si bajabas a jugar a la plaza. Unos tiempos de merienda-cena y bocadillo de filete empanado. Unos tiempos en los que saber inglés era decir “inglispitinglis” y el otro héroe de aventuras, Burt Lancaster, era, claro, Burlan Caster. 
"No quiero ser un don nadie toda la vida. Quiero que la gente me llame Señor", escupía el boxeador de El ídolo de Barro. Y con esa declaración de intenciones quisimos crecer nosotros. 
Pero la vida, habitualmente, tiene sus propias ideas. 
Así que la tempestad del calendario nos hundió el barco vikingo. Y cuando aprendimos a lanzar el hacha el circo ya estaba en otro pueblo. Y, mientras tanto, el pobre Mazinger Zeta debía de estar ya oxidándose bajo la lluvia del olvido arrumbado en algún desguace de polígono industrial.
Porque el tiempo andaba ya empeñado en enseñarnos que las carreteras no se hicieron para volver.  
Nuestros abuelos murieron, quizá también nuestros padres. Y, la última vez que la visitamos, nos impactó comprobar lo cambiados que están los espejos de la vieja casa donde crecimos. 
Y, entonces, al volver a ver aquellas viejas películas, tal vez de madrugada,  descubrimos la ambigüedad en aquella Roma del Espartaco indomable,  la moral de barro del viejo campeón Midge Kelly, la amargura titánica y crepuscular del sentenciado Doc Hollyday, el sendero de dignidad antibelicista del Coronel Dax que hizo grande a Stanley Kubrick en aquel prodigio de escena final.
Porque aunque no habían cambiado nuestros ojos sí lo había hecho nuestra forma de mirar. 
Y, por si fuera poco, la vida después, Dios la perdone,  nos hizo periodistas. Y, cómo no, llegó el día en que tuvimos que preguntarnos cuánto hay de nosotros en aquel Charles Tatum del as en la manga, en aquel Gran Carnaval que dirigió un Billy Wilder por una vez amargo. Y mientras nos resistíamos a contestarnos por miedo a la respuesta, el  viejo Quir siguió a lo suyo, a cumplir años momificándose con dignidad, alcanforizado el tupé, la sonrisa brillante convertida en una mueca de sorpresa. Y hasta tuvo un hijo al que pusimos de apellido Daglas a pesar de que él, Quir, siempre siguió siendo Duglas. 
Kirk y Michael Douglas
Y después de más de noventa películas, la Academia le concedió el óscar de la vergüenza, el honorífico, el único premio que se entrega como pidiendo perdón. Como a Cary Grant. Como a Orson Wells. Como a Charles Chaplin. Como a Peter O´toole. Y de eso, que sonaba a epitafio y que fue ayer, hace ya veinte años.  Veinte años que Quir ha dedicado a sobrevivirse a sí mismo. A donar millones de dólares, a durar más que su carrera, a dejarnos la extraña sensación de que, después de setenta años en activo, todas sus películas son viejas, en el mejor de los sentidos. En ser el antepenúltimo clásico. El penúltimo clásico. El último clásico.
Y tras haber sobrevivido también a una guerra mundial, a un infarto, a un accidente aéreo, a un matrimonio de sesenta años y a tener a Catherine Zeta-Jones como nuera, un día le escuchamos decir, ya octogenario, en castellano: “Siempre tendré presente que soy el hijo de un trapero”. Lo dijo él. Ninguno de sus personajes. Y con esa idea quisimos seguir creciendo. Y ésta vez, la vida, nos respetó las intenciones.
Esto, me dirán ustedes, se parece bastante a un obituario. Pero no lo es, porque le falta lo fundamental: el muerto. Porque Kirk Douglas sigue vivito y coleando. Y ha cumplido cien años. Un siglo. Así que si esto suena a elegía es por lo otro, por lo que sí se ha perdido para siempre, por lo que ya no volverá, lo que desapareció sin dejar apenas rastro, aquella infancia inocente de hace, dios mío, cuarenta y cinco años, aquellos días de barcos, hachas y gladiadores,  aquellos viejos tiempos, en fin, en los que todos, todos,  todos los días caían en sábado por la tarde. Y en los que el nombre de nuestro héroe era Quir, con q y acabado en erre. Y su apellido, así como suena, era Duglas.
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