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Honores para los exiliados que llegaron a Veracruz a bordo del Sinaia

Un grupo de españoles celebra en México el septuagésimo aniversario de su llegada al país que los acogió como exiliados al término de la Guerra Civil. Arribaron a Veracruz a bordo del buque "Ninaia". El festejo forma parte de la semana cultural España-México, compuesta por una serie de conferencias y exposiciones.
En la ceremonia de este sábado, los 53 pasajeros del Sinaia que aún viven fueron declarados huéspedes distinguidos del estado de Veracruz y la ciudad del mismo nombre, cuyo cabildo es el primer ayuntamiento fundado en América.
Bajo la mirada de Cuahutémoc Cárdenas, hijo del presidente mexicano que acogió a los refugiados, Lazaro Cárdenas (1934-40), y del embajador español en México, Carmelo Angulo que ha leído en el acto un poema de Pedro Garfias, uno de los viajeros del Sinaia. Angulo ha agradecido al fallecido presidente Cárdenas, al puerto de Veracruz y sobre todo, "al pueblo mexicano por la hospitalidad que brindaron a los españoles". Uno de los ideales que los exiliados perseguían era la democracia, "que ahora comparten con México", ha sentenciado el diplomático.
Los exiliados recuerdan años después
Setenta años después, el aragonés Antonio Penella Aineto recuerda como si fuera ayer su llegada con doce años y unos zapatos viejos al puerto mexicano de Veracruz, junto a otros 1.681 refugiados españoles. "El día que llegamos decretaron libre para escuelas y trabajadores, todo el pueblo salió a recibirnos con un calor humano inolvidable", ha recordado el anciano en la conmemoración de la llegada a México del barco francés Sinaia, que traía exiliados de la Guerra Civil Española (1936-1939).
"Veníamos de un país desgarrado, dividido, ensombrecido por la guerra, por la muerte y el hambre", ha rocordado triste Penella. Cuando se rompió el frente de Aragón, salió de su pueblo de Huesca con su madre y dos hermanos; se refugiaron cerca de un año en un poblado de la frontera catalana con los pirineos y consiguieron pasar a Francia.
El temor lo traía atravesado porque no sabía casi nada de México, era algo completamente desconocido, aunque el recibimiento lo reconfortó: "Fue verdaderamente emotivo e inolvidable, nos regalaban de todo, nos aplaudían, nos acogían, nos saludaban".