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Crítica | Múltiple, el punto de inflexión de Shyamalan

Hubo un tiempo en el que el estreno de una película de M. Night Shyamalan era, sin duda alguna, uno de los acontecimientos cinematográficos del año. El desencanto que supusieron títulos como El bosque o La joven del agua dio paso a la mediocridad de El incidente, Airbender o After Earth. En el punto más bajo de su carrera, Shyamalan se refugió en casa, en el cine de género, con aquella pequeña historia de terror familiar y eficaz resurrección que fue La visita. Ahora con Múltiple el director de El protegido y El sexto sentido busca relanzar definitivamente su cine, un empeño en el que asume riesgos que nunca antes había tomado.
Y es que es imposible valorar lo que la última propuesta cinematográfica de Shyamalan supone en su conjunto -como película independiente y como punto de inflexión en su filmografía- sin reventar el giro marca de la casa. Una aséptica aproximación, respetuosa con el desenlace, ha de limitarse a ponderar Múltiple como un thriller de suspense y secuestros que -en consonancia con su protagonista al que da vida James McAvoy, un hombre que encierra 23 personalidades diferentes dentro de su mente- encierra interesantes reflexiones sobre los abusos a menores, los trastornos de personalidad, las vidas rotas y la propia naturaleza humana.
Una cinta con una atmósfera absorbente, un buen puñado de imágenes poderosas de una calidad cinematográfica innegable y un ritmo que no decae en ningún momento y que avanza sin precipitarse hasta la gran pregunta que lanza Múltiple: ¿Es la mente capaz de condicionar e incluso de hacer mutar al cuerpo?
Esta es la premisa -como lo era la existencia de los extraterrestres en Señales, la venganza de la naturaleza contra el hombre en El incidente o la vida después de la muerte en El sexto sentido- que integra lo fantástico dentro de la realidad en Múltiple. Es la idea que, al abrigo del trastorno de identidad disociativo del protagonista y secundada por el debate médico real abierto en este sentido, hay que comprar para disfrutar plenamente de una tensa y conseguida historia que se apoya de forma decisiva en el excelente trabajo de McAvoy, que sale indemne de un envite interpretativo en el que era fácil caer en la caricatura.