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Crítica | Logan, el testamento de un mutante

Ultraviolenta, cruda, intima y crepuscular, Logan es una propuesta absolutamente distinta al resto de películas de X-Men, y a cualquier otra cinta de superhéroes, en la que James Mangold y Hugh Jackman obsequian a Lobezno con una despedida única. Una obra valiente que, al fin, está a la altura de la reputación del mutante de las garras de adamantium.
La trama de Logan, verso libre, pero al menos con un coherente encaje dentro del intrincado 'time-line' de la saga, se ubica en un futuro cercano, el año 2029, donde los mutantes han sido acorralados hasta prácticamente la extinción. Allí, un Logan hastiado y alcohólico al que su adamantium envenena por dentro, cuida de un senil profesor Xavier -magistral Sir Patrick Stewart- al que mantiene oculto en una fábrica en ruinas, y que, en sus cada vez más escasos momentos de lucidez, malvive atormentado por terribles recuerdos.
Dos viejos héroes, ahora decrépitos supervivientes, que solo sueñan con escapar lejos en busca, ni siquiera ya de un futuro mejor, sino de un final digno y tranquilo. El sabio y paciente maestro y el discípulo rebelde intercambian ahora sus roles de antaño en una decadente e inusual dinámica familiar que toma una nueva dimensión con la aparición de Laura, una niña con poderes muy parecidos a los de Logan.
Ella, salvaje, letal y asocial, será el motor que les devuelva a la carretera, al encuentro de aquella heroicidad olvidada entre polvo y cicatrices para, una última vez, ser los salvadores de alguien. Y, lo más importante, será quien obligue a Logan a hacer frente a su gran enemigo: su incapacidad para establecer cualquier tipo de lazo emocional.
Desde estos austeros planteamientos, Logan se construye como una apuesta arriesgada, única entre las de su especie, que se mueve con insólita fluidez entre el western decadente, la árida road-movie, el thriller fronterizo y el drama familiar, mientras homenajea sin disimulo ni complejos a sus referentes, desliza su marcado mensaje político y social y establece un más que interesante juego autoreferencial con los cómics en el que Jackman, totalmente entregado al canto del cisne de la bestia, brilla como encarnación de una ruinosa realidad que ya no es sino poco más que una decrépita caricatura de lo que fue en aquellas flamantes -y engañosas, gruñe él- grapas.
Logan es también singular en su tono, ofreciendo la historia más emotiva e íntima del universo mutante y también las secuencias más atroces de la saga, aprovechando con pericia su muy peleada calificación R -rebaja del sueldo de su estrella incluida- para ir descerrajando muy de cuando en cuando desmesuradas dosis de violencia.
Pasajes extremos pero necesarios, ya solo a la hora de respetar la esencia animal de Lobezno, muy edulcorada siempre en las películas de X-Men en beneficio del largo alcance taquillero, sino para contar la historia con la que Mangold y Jackman querían despedir al mutante del puro y las garras. Una historia de personajes rotos, abandonados y sin nada que perder en un entorno radicalmente hostil. Logan es todo eso y muchas cosas más. Pero, sobre todo, es el brutal e implacable testamento de un personaje único que dice adiós de la mejor manera posible: con una de las mejores películas que ha dado el cine de superhéroes.