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CRÍTICA | El milagro de Toni Erdman

Hilarante en sus inspiradas líneas de diálogo, descacharrante en sus disparatadas situaciones y amarga, casi hiriente, en algunos de sus silencios. Todo esto, y mucho más, es Toni Erdmann, la cinta que firma y dirige la alemana Maren Ade, cineasta que alcanza la exelencia en su tercer largometraje con su insólita, valiente y en ocasiones incómoda forma de afrontar ese misterio casi insondable que son las relaciones paternofiliales.
Winfried es un viejo profesor de música, divorciado y bromista irredento. Un hombre en horas bajas que, con una dentadura postiza como aliada, ha decidido pasar lo que le queda mofándose de la vida, aunque últimamente esta no le devuelva ni una leve sonrisa de cortesía. Inés es su hija, una mujer centrada de forma enfermiza en su carrera profesional. Una rígida esclava del trabajo que no sabe quitarse de encima el disfraz de ejecutiva agresiva ni para andar por casa y que ha olvidado ser feliz hasta el punto de que abordar el propio concepto en una conversación le parece ofensivo.
Ambos, el nuevo referente cinematográfico del esperpento y el patetismo ilustrado interpretado por un Peter Simonischek que merece todos los premios presentes, pasados y futuros, y la encarnación rubia y germana de la lobotomía del capital a la que da vida una también sobresaliente Sandra Hüller llena de matices, son los opuestos de los que va tirando Ade para, sin prisa pero sin pausa, armar la que, a 20 de enero, es ya sin duda una de las mejores películas del año.
EL MILAGRO DE TONI ERDMANN
En sus casi tres horas de trabajado y acertado esfuerzo cinematográfico, la cineasta alemana compone una joya poliédrica: una comedia con un excepcional sentido del humor que vive con un pie en el movedizo terreno del absurdo y el surrealismo y otro en una tierna y a la vez cruel ironía, un genuino y a ratos desolador drama familiar, un retazo con certeras pinceladas de la realidad financiera y social de esa Europa de las dos -o de las tres, o de las tres y un Brexit... ¡qué sabemos ya!- velocidades y una didáctica guía de autoayuda en estos tiempos de adicción al trabajo y globalizada incomunicación.
Toni Erdmann es muchas películas en una. Y lo que la convierte en una obra maestra, en casi un milagro, es que todas y cada una de ellas funcionan respetando, y a la vez definiendo, la esencia de esa insólita e inteligente farsa.
Toni Erdmann. Un gran hombre, una mejor película y una necesaria forma de entender la vida, capaz incluso de renovar nuestra fe en los cojines tirapedos como bien humorístico de primera necesidad. Lo dicho, casi un milagro.