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Bunbury se despide de España arrasando al DCode

Tuvo que llegar Enrique Bunbury para que el festival Dcode se viniera definitivamente arriba en la maratoniana jornada del sábado 10 de septiembre. Más de 18 horas de música no las aguanta cualquiera.
MADRID, 11. Sep (EUROPA PRESS)-
Ese fue el momento en el que las amistades se entroncaron, las almas anidaron, las canciones hicieron lo que tenían que hacer y todo encajó. No es que Bunbury sea mejor o peor, es que provoca eso y eso es rock.
La jornada empezó a las 11.30 con ese fenómeno transgeneracional que es Petit Pop haciendo odas a las chuches, al no querer ir al zoo, llévame a los hinchables y toda esa parafernalia aparentemente nada festivalera.
Pero quizás eso es precisamenteun fetival. Luego ya le dieron bien duro Nothing but thieves, Belako y León Benavente, mientras los padres iban, las madres venían, los familias buscaban su lugar, los padres iban, el DCode crecia y las trompetillas atronaban.
Paulatinamente los papás y las mamás se van y luego vuelven otros que son exactamente los mismos pero se creen otros. Se creen más Thor, se creen más jefes, se creen más. En general se creen más, cuando en realidad son los mismos seres normales hinchados por el rock.
Si eso no es tener poder en una canción, que venga a decirlo alguien, aquel que pasaba por allí. Quizás a las siete y pico viendo a Eagles of Death Metal, petándolo, dando amor reconvertidos en iconos de mierda contra el terrorismo. Evidentemente muy a su pesar.
Luego Zara Larsson puso el toque exótico dance mientras las gente se refrigeraba con abundancia exquisita y Love of Lesbian daban buena cuenta de su estatus de gigantes criaturas del indie patrio. Carla Morrison mediante. Un potorrón de éxitos mediantes, todos los que te sabes y más.
Turno después para Kodaline que, es bien, tienen su mucha gente pero, ¿tanta? Poco probable, porque se estaba montando el karaoke de Héroes del Silencio al otro lado del escenario porque, en realidad, este Dcode, por muy maratoniano, era realmente un concierto de Bunbury.
Lo ha hecho mil veces este verano, ha cantado 'Maldito duende' y el lugar se ha venido abajo. No porque sea precisamente la mejor canción de la historia, sino porque está interpretada con tanta vehemencia como honestidad, salvajismo y bandalismo.
Ese es el resumen de un día muy largo en el que el detalle de las canciones fue de lo de menos al tiempo que le dio sentido a todo. Los treinteañeros que se gastaron su dinero en las barras le dieron sentido a un DCode que, más que nunca, logró la hermandad de los madrileños.
A saber: te puede o no gustar Enrique Bunbury pero tiene ese efecto de comunidad, de pertenencia. El resto de artistas que, durante 18 horas, destilaron su propuesta con igual honestidad, pasaron por allí. Enrique Bunbury se quedó, como medio Carabanchel, para siempre en los jardines de la Universidad Complutense de Madrid. Trascendiendo en nuestras vidas.