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Una noche de perros

Aquí puedes leer el primer capítulo de la novela de Hugh Laurie.

 

El escenario de este único asalto de quince minutos entre un profesional y un aficionado era un pequeño y pésimamente amueblado salón en Belgravia. El diseñador de interiores había hecho un trabajo absolutamente horrible, como hacen todos los diseñadores de interiores, sin falta, sin excepciones; pero en aquel momento, por una de esas cosas que tiene el azar, su gusto por los objetos pesados y portátiles coincidió con el mío. Me decidí por un buda de cuarenta centímetros de altura que había en la repisa de la chimenea, lo cogí con el brazo bueno y descubrí que las orejas del tipo ofrecían una satisfactoria y cómoda sujeción para el luchador manco.
Rayner estaba de rodillas, muy ocupado en vomitar en la alfombra china, algo que mejoraba en gran medida su color. Escogí el punto, planté los pies bien firmes en el suelo y descargué un revés que clavó la esquina del plinto del buda en la parte blanda de detrás de su oreja izquierda. Se oyó un ruido sordo, esa clase de ruido que sólo hace la carne humana cuando se espachurra, y el tipo cayó de lado
No me molesté en averiguar si seguía vivo. Muy duro, quizá, pero es lo que hay.
Me enjugué parte del sudor del rostro y fui hasta el vestíbulo. Intenté escuchar, pero si sonaba algún ruido en la casa o en la calle no podría haberlo oído, porque mi corazón sonaba como un martillo neumático, o quizá es que había uno en el exterior. Ya tenía bastante con respirar cantidades industriales de aire como para darme cuenta de nada más.
Abrí la puerta principal y en el acto sentí la llovizna helada en el rostro. Se mezcló con el sudor y lo diluyó, diluyó el dolor del brazo, lo diluyó todo; cerré los ojos y dejé que resbalara por mi cara. Fue una de las sensaciones más deliciosas de mi vida. Tal vez pienses que llevaba una vida de pena. Pero, verás, el contexto lo es todo.
Dejé la puerta entornada, bajé a la acera y encendí un cigarrillo. Gradualmente, a trompicones, mi corazón se las apañó como pudo, y mi respiración lo imitó, aunque tardó lo suyo. El dolor en el brazo era terrible, y comprendí que me acompañaría durante días, o semanas, pero al menos no era el brazo de fumar.
Volví a la casa y comprobé que Rayner seguía donde lo había dejado, tumbado en un charco de vómito. Estaba muerto, o gravemente herido, algo que en cualquier caso significaba por lo menos cinco años; diez, con el tiempo añadido por mala conducta. Esto, desde mi punto de vista, era malo.
He estado en el trullo. Sólo tres semanas, y en prisión preventiva, pero cuando tienes que jugar al ajedrez dos veces al día con un hincha monosilábico del West Ham, que lleva tatuado odio en una mano y odio en la otra —con un juego al que le faltan seis peones, todas las torres y dos alfiles—, descubres que te encanta disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Como no estar en el trullo.
Reflexionaba sobre estos y otros temas relacionados, y comenzaba a pensar en todos aquellos países cálidos que nunca había visitado, cuando comprendí que aquel ruido —aquel ruido suave, crujiente, arrastrado, rasposo— no lo hacía mi corazón. Tampoco provenía de mis pulmones, ni de ninguna otra parte de mi cuerpo quejoso. Aquel ruido era externo.
Alguien, o algo, estaba intentando, inútilmente, bajar la escalera silenciosamente.
Dejé el buda donde estaba, cogí un siniestro encendedor de alabastro y me acerqué a la puerta, que también era siniestra.
Puedes preguntarte: ¿cómo puede hacer alguien una puerta siniestra?
Bueno, tiene su mérito, desde luego, pero créeme, los grandes diseñadores de interiores lo consiguen con los ojos cerrados.
Intenté contener la respiración y no pude, así que esperé ruidosamente. Oí que se accionaba un interruptor de la luz en alguna parte; pausa, sonó de nuevo. Se abrió una puerta, pausa, allí tampoco había nada; se cerró. Inmóvil. Pensar. Mirar en la sala.
Se oyó el roce de unas prendas de ropa, una pisada suave, y entonces de pronto aflojé la presión en el encendedor de alabastro y me apoyé en la pared mucho más relajado. Porque, incluso herido y asustado, estaba dispuesto a jugarme la vida a que el Fleur de Fleurs de Nina Ricci no es un perfume de combate.
Ella se detuvo en el umbral y echó una ojeada a la habitación. Las luces estaban apagadas, pero las cortinas, abiertas de par en par, así que entraba mucha luz desde la calle.
Esperé a que su mirada se detuviese en el cuerpo de Rayner antes de taparle la boca con la mano.
Pasamos por todas las frases habituales dictadas por Hollywood y la sociedad cortés. Ella intentó gritar y morderme la palma de la mano, y yo le dije que se estuviese calladita porque no le haría daño a menos que gritase. Ella gritó y yo le hice daño. En realidad, todo la mar de corriente.
Al final, ella acabó sentada en el siniestro sofá con una copa de un cuarto de litro de lo que creía que era brandy pero resultó ser Calvados, y yo de pie junto a la puerta con mi mejor expresión de «Dice mi psiquiatra que estoy más que cuerdo».
Había puesto a Rayner de lado, la posición recomendada para evitar que alguien se ahogue en su propio vómito, o, ya puestos, en el de cualquier otro. Ella había querido levantarse para toquetearlo, para ver si estaba bien —cojines, paños húmedos, vendas, todas esas cosas que ayudan al curioso a sentirse mejor—, pero le dije que se quedase donde estaba porque ya había llamado a una ambulancia y que, mirándolo bien, era mejor dejarlo tranquilo.
Ella había comenzado a temblar. Empezó por las manos que sujetaban la copa, luego los codos, a continuación los hombros, y la cosa fue empeorando a medida que miraba a Rayner. Por supuesto, temblar es probablemente una reacción bastante común si te encuentras una combinación de persona muerta y vómito en tu alfombra en mitad de la noche, pero no quería que fuese a más. Mientras encendía un cigarrillo con el encendedor de alabastro —no te equivocas, incluso la llama era siniestra—, intenté sonsacarle toda la información que pudiese antes de que el Calvados la pusiese en forma y comenzase ella con las preguntas.
Veía su rostro por triplicado: uno en una foto con marco de plata en la repisa de la chimenea, con unas Ray Ban y en un telesilla; otro en un enorme y malísimo retrato al óleo, pintado por alguien que no podía quererla demasiado, colgado junto a la ventana; y final, y definitivamente el mejor de todos, en el sofá, a tres metros.
No podía tener más de diecinueve años, los hombros cuadrados y una larga cabellera de color castaño que se ondulaba mientras desaparecía detrás del cuello. Los pómulos altos y redondeados insinuaban un toque oriental que desaparecía inmediatamente cuando llegabas a los ojos, que también eran redondos, grandes y de un color gris brillante (si es que eso tiene sentido). Vestía una bata de seda roja, y una elegante chinela con tiras doradas. Miré en derredor, pero la compañera no se veía por ninguna parte.
Quizá sólo podía permitirse una.
Se aclaró la garganta y luego preguntó:
—¿Quién es él?
Tenía muy claro antes de que abriese la boca que era norteamericana; demasiado saludable para ser cualquier otra cosa. Y yo me pregunto: ¿de dónde sacan esas dentaduras?
—Se llamaba Rayner —dije, y entonces me di cuenta de que sonaba un poco pobre como respuesta, así que pensé en añadir algo—: Era un tipo muy peligroso.

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